EL MUCHACHO DE LOS SENOS DE GOMA (2007)

 

Parte I

Bordes

 

 

 

¿Cómo era la ciudad vista desde allá, desde arriba? Mentasti en la cama volvió a preguntarse qué había visto: un tablero luminoso, una grilla de bordes desatados, un estuario de oro veteado de noche derramándose sobre el lomo del río, el más ancho del mundo. Núcleo irradiante de diagonales doradas y autopistas azules sobre la línea negra del horizonte. Galaxia cuadricular engarzada en la curva de la tierra que se pierde abajo, cuyo vertiginoso desplazamiento en el espacio, con todo lo que hubiera sobre ella, afirmado o volando (como hacía unas horas el boeing 747 del Lloyd Aéreo Boliviano), era felizmente indiscernible a los exiguos sentidos humanos que la percibían inmóvil. En los confines, la ciudad se diluía en orillas nebulosas, a las que veía si se inclinaba lo suficiente sobre el pasillo o miraba por encima del hombro de su compañero de asiento (durante unos segundos —había quedado sin aliento— la ciudad iluminó todas las ventanillas). En aquellas fronteras de oscuridad, los filamentos entrecortados de callecitas perdidas se desmadejaban en un titilante polvo de estrellas y, justo allí, donde se hubiera creído que lo negro ganaba la batalla, el fulgor inesperado de una luz de intensidad anacrónica con respecto al centro resplandecía como un último alarde antes de que ganara la noche y Buenos Aires, para quien quisiera pensarla desde el espacio, dejaba las dimensiones estelares, el negro vacío, y se posaba sobre la tierra, sobre esa extensión desmesurada de pampa o llanura o como quiera que se llame, que la acorralaba desde siempre contra el límite del agua. La llovizna le daba a las luces un particular brillo estelar, azulado, distante y melancólico, y a él, que miraba (había mirado hacía unas horas), agotado e insomne por la ventanilla, un sentimiento de disminución y nostalgia por algo impreciso y perdido en el tiempo, simultáneo al rugir de las turbinas, cuyo último eco de temblor y desasosiego le vibraba en el plexo. Algo por lo que tal vez valió la pena subir, volar y volver: la ciudad nocturna, desde el aire. Sin abrir los ojos, en la cama de su departamento de Almagro, Mentasti supo que faltaba poco para que amaneciera. Un ápice de idea se reveló y en un instante se desvaneció: las ciudades del mundo iluminadas en la noche como señales humanas (¿para quiénes?) de que habíamos logrado algo sobre la antigua Tierra. ¿Cómo eras? Barcos perdidos en la corriente mítica, galopes en la espalda y en el medio mugre y sudor, conglomerado de horas pico, gente reunida espacialmente según ingresos, triste calle desierta, sórdido pastizal de muerte al costado de un paso a nivel, estaciones abandonadas, hoteles rutilantes, barrios secretos, billares nocturnos llenos de humo. Desde tiempos de cabildeos y paraguas, la perla de América del sur amasa caóticamente su historia (peroraba Mentasti, los ojos cerrados, aferrado todavía a una huidiza sombra de sueño); pacífica duerme, la espalda al río (ya lo dijiste), sí, esta hembra desvelada tiene la espalda curva, su postura es fetal, de piernas recogidas, los pies descalzos se pierden desguarnecidos en la oscuridad de abajo. A veces, en la zozobra y la amenaza, entre la delación y el miedo, las sirenas aullantes perforaban la noche. A veces, deidad indiferente, miraba absorta los hombres, mujeres y niños que se deshacían en sus calles. Nadie la miraba a ella. Hecha a los tumbos de las décadas, cabeza amorfa y grandilocuente, bella de noche, ¿cómo eras? Celebrada y denostada y como quiera que sea, amada, parece oportuno señalar (Mentasti, ahora más doctoral, se dirigía a alguien) que sus habitantes viven en ella acunados por incesantes mitos: la reina del plata, la europea, la insomne y cosmopolita. La gran capital del sur junto al río color del desierto, junto al río color de león, junto al río inmóvil. Opulenta en el centro y mísera en la periferia, a veces despertaba con la vida a favor y la gloria de la transparencia de un cielo incomparable; a veces, había que mirarla con los ojos de la tristeza: puro cambalache, apelotonaba hoteles miserables, maternales nidos de suicidas, lujos exorbitantes, trenes suburbanos de luz enferma y ventanillas rotas donde una vez, hace mucho, se mató Erdosain. Barrios de millonarios y conventillos de anarquistas. Grandeza arquitectónica cimentada en las vacas, mar de ganaderías que cotizó en París. Metafísica y cabalística, soñaste recodos con esquinas rosadas y verduleras olímpicas. Acogedora y voraz, corrompida o inocente en plazas de toboganes y violadores cumpliendo su triste destino, demasiado joven para ser definitivamente mala con tus madrugadas de aire límpido y brillo metálico en las avenidas vacías. En tus peores momentos no supiste proteger a hombres arrancados de sus camas a patadas y sacrificaste madres y futuras madres en un matadero que hizo honor y supo emular al fundacional. Condenados a amarte o a odiarte, sólo en la contradicción se encuentra tu forma, ¿cómo eras?

Estaba por amanecer.

Mentasti discurría, derivaba, lo que sea para no traer el viaje aquí y ahora, para no examinar. Cortinas de humo. Ya era tarde para volver al sueño. Horas atrás se desplazaba majestuoso en un asiento del boeing 747 del Lloyd Aéreo Boliviano. Arribo: nueve de la noche. Claudia en Ezeiza. Lloviznaba y él volvía con el corazón helado. Volvía de su primer viaje al exterior, salvo Montevideo (en catamarán). Treinta y nueve años, primer viaje al exterior: Bolivia. Dejaría para más tarde las resonancias de ese nombre, para un poco después, para cuando se repusiera del agujero negro que el viaje le había ¿irreparablemente? ocasionado. El Lloyd Aéreo de ida, la tradicional y comentada dificultad del aterrizaje en La Paz. De regreso, Buenos Aires de noche y al bajar aún más, el esplendente hongo atómico que millones de luces prefiguraban en las nubes bajas, en su techo denso, oscuro y lluvioso; y luego él en su cama, en su departamento del barrio de Almagro, sin abrir los ojos todavía, anclado a esa imagen, varado en esa imagen, de la que iba saliendo muy de a poco. El balde en planta baja, bajo la canilla, sonido familiar subiendo siete pisos por el aire y luz como por un tubo, el sonoro chorro de agua, del grave al agudo, con notable acústica. La escoba de la portera sobre las baldosas, leve chapoteo, o sea, las seis. Taconeo en el pasillo de la que va a trabajar temprano; el ladrido del perro de todos los días; un colectivo, el chirrido del caucho sobre el pavimento. ¿En Iquitos era? Indígenas muertos de a miles por la explotación del caucho, fortunas latinoamericanas inconmensurables, playboys de cara mestiza y esmoquin blanco. La plata de Potosí. Ahora conocía esas caras, había visto la cara de una mujer, una chola, con un chico atado a la espalda, reflejada en el vidrio con Visa-Mastercard, de expresión amable que no quería decir nada, pero dejaría a la chola y al chico para más tarde, se decía sin decirse Mentasti, con una puntada como de dolor en el costado, la puntada del que recuerda asuntos dolorosos cuando se despierta y que quiere olvidar, pasar a otro tema, enterrar. Puerta del ascensor, algo parecido a una sierra que corta metal (la construcción, en la esquina) y martillazos sin continuidad. La continuidad era un tema importante (ya estaba irremediablemente despierto): la fuente de ansiedad y por lo tanto de desvelo provenía de no saber cuándo se produciría el siguiente martillazo. La ciudad dormía y se despertaba y arrancaba y bufaba y martillaba, crepitaba, aullaba y se aquietaba. Almagro, Corrientes cerca, demasiado (decidió no abrir los ojos, no todavía). Fitzcarraldo, aquel personaje que hacía Kinski; el auge del caucho causado por la masificación del automóvil había quedado lejos; la visión futurista de Ford, no obstante, seguía. La jungla y los templos modernos de la cultura, palacios de la ópera en Manaos hundiéndose en la decadencia de un mundo que desaparecía; lianas reventando el terciopelo granate de las butacas, el dorado francés volviéndose negro, familias de monos parloteando en los palcos, el sonido múltiple de la selva, el sostenido acorde opaco y grave de los insectos, sin desmayar, atravesado por el fulgurante grito del guacamayo donde antes se elevó purísima la voz de las primadonnas (se dejaba hamacar por imágenes barrocas, cosas que acá, en la tierra baldía, nunca se habían visto). Ladinamente, por debajo de las imágenes caóticas que acudían en tropel y de la acumulación de palabras algo quería decirse y se decía: categorías modernas para pensar lo premoderno y hasta lo arcaico, ésa era la síntesis general; ésa era la renguera, el defecto, el desfasaje. Subcontinente periférico pensado desde el centro. Las insidiosas palabras, filtradas por alguna grieta no obturada le sonaron a blasfemia. ¡Carajo!, gritó en silencio Mentasti. Deseó intensamente, con todo su corazón, el sonido del trueno (cuando bajó del avión, llovía, Claudia con un paraguas violeta), un trueno que por pura altisonancia cósmica apagara los sonidos cuchicheantes de acá abajo, por irrisorios y mezquinos, en especial la cháchara de su cabeza. Un ruido poderoso, atronador, irrumpe, crece, ocupa todo el espacio y cumple, en este mismo instante, su deseo: un avión despega de Aeroparque y alza vuelo, lo más parecido al trueno que se puede pedir. Coincidencias o pequeños milagros de los que somos solitarios testigos, reflexionó con cansancio Mentasti. Arriba, otro hombre cualquiera, como él, un corredor de jabones rumbo a Santiago del Estero. La República Argentina despierta. Por las calles, como un río incontenible se vuelca la multitud (metrópolis). En esta ciudad hubo de golpe multitud, de la aldea al aluvión, apenas tiempo para que tomara forma quimérica y ya se borrara el solitario flaneur, el deambulador urbano quedaba para las otras, las que habían crecido morosamente al fuego lento del calor de los siglos, al abrigo del castillo feudal (resabios de la lectura en el avión, restos diurnos dando la vuelta espiralada). Naciste en ultramar, de un trazo utópico en el papel, (Mentasti seguía, sumiso, su interpelante voz interior), de líneas trasladadas a la tierra que el viento borraba antes de que el español de sombrero volado lograra clavar la estaca. La exigua cuadrícula llevada al suelo barroso por hombres cansados, gesticulantes, escudriñados desde lejos por seres invisibles, tal vez por tener el color de la tierra. Hija de contrabandistas y gauchos, de gente que bajó de los barcos con los ojos redondos y el gesto perplejo o adusto, hipnotizados por la línea plana. Estaba irremediablemente despierto y su discurso discurría (apreció), si no con lógica, ya con cierta retórica. Seguí, se alentó Mentasti encaramado a un púlpito o silla: espacio de una picaresca cuyo sustento fue una pobreza apurada por salir del paso, expresada en una lengua temporal, ocasional, entreverada (cocoliche, jerigonza hebrea, árabe mal llamada turca, etcétera) que dio forma audible a esa babel dispersada hacia la línea de un horizonte inalcanzable, o que soñaba (la babel) con volver, hacer la América y pegar la vuelta en otro barco, rumbosa rumbo al pueblito campesino. ¿Cómo sos?, preguntó al aire Mentasti, abriendo los ojos y mirando, ahora sí, el ventilador de techo inmóvil. Como sea, desde ahora me gusta imaginarte de noche y desde arriba. Esto último le sonó a final de un tango. De noche y desde arriba formaba algo, una síntesis posible, una figura, un diseño. Debía tenerlo en cuenta para cuando retomara su ensayo sobre la ciudad, una y mil veces postergado, su gran excusa de “estar trabajando”.

Se sentó en la cama, la sangre le bombeó detrás de los ojos y en las sienes. Millones haciendo el mismo gesto, sacar las piernas de entre las sábanas. Torció la cabeza con cautela. La felicidad de estar solo. Claudia había tenido la suprema consideración de irse a eso de las dos.