Del libro El país del viento (2003)

 

 

 

EL FARO

Cabo de Hornos, 1932

 

 

 

 

 

Arrojó las últimas paladas de tierra y colocó con cuidado unas piedras que señalaron la pequeña tumba. Su perro, su única compañía, había muerto aquella noche. Muerto de viejo, pero Donovan no encontraba consuelo. Había cavado a pocos metros de la barraca de herramientas del Faro. Allí descansaría, cerca de donde siempre había vivido. Con esfuerzo, levantó la cabeza. El basalto casi negro de las islas vecinas desplomado a pique sobre el mar era su único horizonte. Calculó todavía una hora de luz. Por costumbre, su mirada cayó sobre el islote de los lobos marinos. Absorto, contempló los pesados cuerpos deslizándose al agua; dos machos, las cabezas erguidas y los colmillos al aire, se provocaban a una lucha que, por pereza, no entablarían. Metros abajo, entre los recovecos de las piedras, grandes trozos de hielo subían y bajaban al compás de la rompiente.

Cuando el frío se hizo insoportable, entró en el Faro. Se quitó el rompevientos, la gorra de lana y los guantes, avivó la estufa y se sirvió un vaso de ron. “A tu salud”, dijo, y lo tomó de un  trago. Miró el vaso vacío: no le convenía la melancolía. El  último peñón del mundo, de cara a la nada o al encuentro de los dos océanos exasperados por el aguijón huracanado del polo, no era lugar para la gente débil. Donovan sintió una punzada de rebeldía. Su compañero debía estar allí desde hacía tres meses. Pero había caído enfermo y le solicitaron que siguiera haciéndose cargo del Faro hasta que encontraran un relevo. Ninguna noticia alentadora había llegado. Lo que tenía por delante eran interminables meses blancos en la inclemencia brutal del invierno del cabo de Hornos. Y la soledad, más espantosa todavía sin la leal compañía de su perro. Bruscamente se puso de pie y examinó las mediciones meteorológicas. Desde que supo que estaría solo  no confiaba en su ánimo y se obligaba a actuar, a seguir minuciosamente la rutina de cada día. Sólo había una cosa que no podía controlar, que no se ajustaba a ninguna voluntad y que ejercía un poder maléfico: el viento.

Afuera se prolongaba una débil luz cenicienta, pero la noche ya estaba encima. Subió de dos en dos la interminable escalera en espiral. Desde ahí arriba el paisaje era sobrecogedor. Donovan no lo enfrentaba de inmediato, lo miraba de a poco, inclinando la cabeza, con el costado del ojo. “Todo debe estar bajo control”, dijo en voz alta. Como si diera la orden a un subalterno, no dejaba de repetir esta frase varias veces al día. Midió el viento, que soplaba del sudeste, la humedad, la presión y anotó todo en el registro. En el panel verificó la frecuencia del destellador y, al fin, cuando no quedaba nada por hacer, encendió la óptica. El haz del Faro barría una superficie de veinte millas a la redonda. En vez de animar su espíritu, el giro intermitente, constante, lo amedrentaba más. Haciendo un esfuerzo se asió de la baranda interna y miró afuera. Como fantasmas desmesurados, las crestas temibles de las islas surgían por un instante en el haz de luz para hundirse enseguida en la oscuridad.  La bruma se espesaba en los fiordos, donde el Faro parecía develar por primera vez en la historia de la tierra aquellos arcanos. Volvió la cabeza. En los años que llevaba allí, sirviendo a los barcos que temerosos doblaban el cabo, Donovan había experimentado muy pocas veces la felicidad del cielo abierto. Una noche del verano de 1930, recordaba, él y su compañero, con las caras hacia un cielo súbitamente despejado, habían enmudecido ante la belleza de la Cruz del Sur. En el cenit, solitaria, remota y helada parecía haberse encendido para ellos solos. Inexplicablemente, el recuerdo le produjo un sobresalto. “¿Por qué?”, preguntó en voz alta. Se sentó en un peldaño de la escalera, la cabeza entre las manos, y se dijo que era la muerte de su perro. “Fue lo mejor, estaba enfermo y viejo”, murmuró. Se puso de pie. “Lo que pasa es que papá –Donovan nunca hubiera usado esta palabra; frente a otro, habría dicho mi padre— me transmitió el amor por los perros”. Su padre, ovejero en las Islas Malvinas, había emigrado al continente y se había casado con su madre, chilena. “Es por eso”, dijo. Se quedó quieto mirando el hueco de la escalera. El haz de luz rompiendo la oscuridad sin fondo, llena de témpanos desprendidos de inmensos campos de hielo, ocupó, sin que pudiera evitarlo, su mente: témpanos obturando un canal, encallados en un pasaje, hasta que la marea o la fuerza del viento los desprendía y arrastraba en su lenta deriva, hacia Dios sabía donde. ¿Por qué había aceptado quedarse? Estaba débil, sin embargo, pensó Donovan irguiendo el torso, sabía que podían contar con su voluntad. Era fuerte como el mismo Faro. Se obligó a bajar.

Encendió la pipa y decidió que haría la cena más temprano, luego llamaría por radio a la base. Esperaba todo el día ese momento, el único de comunicación con otro ser viviente, y lo preparaba para cuando hubiese terminado de cenar. Con la pipa, el vaso de ron y su libro favorito de historias marinas sobre la mesa, levantaba el auricular y sostenía una breve conversación con su compatriota que, a cientos de kilómetros, sonaba tan reconfortante y familiar. Y tan lejano.

Comió sin ganas, atento al viento que había comenzado a soplar con el silbido confuso, vacilante, que conocía tan bien. Algún dios del lugar, un dios burlón y cruel, se divertía a su costa mediante esa treta bien simple: engendrar aquel viento, no el de las tempestades sino otro, más débil, que cambiaba de cuadrante sin cesar y producía un silbido que subía y bajaba, se adelgazaba y enroscaba en la torre hasta desaparecer. Para volver enseguida a rondar más allá de las paredes, como un monstruo de tiempos geológicos rodeando aquel insignificante punto humano, atacándole los nervios.

La voz familiar del operador de guardia, tras la estática y las descargas, le trajo la calma. No estaba solo. Cumplía una función, como ese mismo compañero que ahora le contestaba. Por algo lo habían destinado a este punto inhumano: por su foja de servicios. Era respetado; podía sentirlo en la voz del muchacho que le respondía desde la base del norte. Intercambiaron saludos y los datos del tiempo. Donovan esperó que le hiciera la pregunta rutinaria: “¿Alguna novedad?”, pero cuando finalmente el operador de guardia la hizo se quedó mudo, incapaz de contarle de la muerte de su perro y de la espantosa soledad que sentía. Con voz metálica contestó: “Ninguna novedad”. Se despidieron y cortó la comunicación.

Se sirvió un jarro de café al que le echó una buena medida de ron. El ruido del viento había cambiado. No es que hubiera amainado, todo lo contrario, se había vuelto más fuerte, pero no era ya el viento sibilante, maligno. Esto terminó de calmarlo. Abrió el libro en la página señalada con una pluma de albatros, eligió un mapa para seguir el relato, y se dispuso a leer.

Entre 1520 y 1580 aquella zona, no precisamente el cabo de Hornos no descubierto aún sino el estrecho de Magallanes, era el centro de lucha de dos imperios formidables: el español y el inglés. Las dos potencias se encarnizaban por la posesión del único paso interoceánico conocido. Una tras otra, las expediciones de relevamiento eran enviadas a costa de muertes y padecimientos sin fin. Pero qué les importaba a los reyes, pensó Donovan, las penurias y muertes por hambre o desesperación de aquellos infelices marinos. Ahí estaban los mapas con los derroteros de los primeros navegantes. Primitivos portulanos donde quedaron para siempre los nombres que los marinos dieron a un territorio que los rechazaba con ferocidad, nombres que patentizaban su decepción: Isla del Socorro, Golfo de las Penas, Isla Desolación, Puerto Hambre, Bahía Inútil, Cabo Decepción, Isla de las Furias... la lista seguía. “No había nada de nada, salvo mar y tormentas y las hogueras de los indios”, explicó en voz alta Donovan, acostumbrado a compartir con su perro los comentarios que le suscitaba la lectura. Pero hubo algo más que dos imperios, pensó, deteniéndose en la parte de la historia que más lo atraía, hubo hombres tan grandes y singulares, que su lucha particular era todavía más apasionante que las de sus reyes. Porque mientras los reyes sentados bajo los palios, sobre tarimas cubiertas de terciopelo, no arriesgaban nada, cada uno en su momento, Magallanes y Francis Drake, y Sarmiento de Gamboa, arriesgaron su nombre, su tripulación y sus naves. Magallanes, sofocando sangrientos motines, solo contra todos, da la orden de seguir hacia el sur. Descubre el estrecho y lo atraviesa en un mes y una semana. Más tarde, fue notable la travesía de Drake, acusado de tratos con el diablo por su demoníaca pericia en el mar. Amparado por la Reina Virgen se había lanzado a los mares del sur para arrebatarle a los españoles el secreto del paso. Tan celosamente quería guardar la corona española este secreto de estado que hasta había hecho correr la voz de que una peña gigantesca, arrastrada por tormentas ciclópeas, había caído sobre la boca del estrecho ocultando para siempre su entrada. Los ingleses no creyeron la historia y menos que menos Drake. Aquí Donovan se rió entre dientes y dijo en voz alta “¡Cómo para creerla!”. Alarmados, los españoles comprobaron cómo el estrecho, rebelde a todo conocimiento marinero, fue cubierto por Drake en diecisiete días. Sucesivas tormentas habían empujado escuadras enteras, tanto españolas como inglesas, hacia el sur, a latitudes nunca alcanzadas, hasta ser tragadas por la helada boca de lo desconocido. El propio Drake, una vez cumplido su extraordinario curso y cuando se asomaba al Pacífico, fue arrastrado con toda su escuadra más y más abajo, donde el mundo se terminaba en una nada inimaginable. Sólo que Drake, perdida la mitad de sus barcos, volvió para contarlo. Donovan se puso de pie, exaltado. La lectura excitaba su ánimo con aquellas imágenes de naufragios y cuerpos arrancados de las cubiertas. Cerró el libro, incapaz de seguir leyendo, y se quedó inmóvil, mirando el rincón vacío donde durante tantos años Nahuel se echaba a dormir.

Entró en el cuarto y se tiró vestido en la cucheta. El viento había empezado otra vez su letanía. Se revolvió inquieto. Hacía mucho que no dormía bien. “Todo debe estar bajo control”, repitió, la mirada fija un ángulo del techo. Pasaron dos, tres horas, no supo cuántas en realidad, en las que dormitó de a rachas. En un momento, completamente despierto, se sentó en la cama. ¡Allí estaba otra vez! Detrás del monótono silbido, desde el fondo de la noche, llegaba la melodía apenas audible pero perfectamente nítida de un violín. No era posible confundirlo. De un salto estuvo de pie en el medio del cuarto. No era en el viento, sino detrás del viento de donde venía aquella tristísima música de un violín solo. Caminó de un lado al otro sacudiendo la cabeza. Siempre había ocultado estas...¿cómo llamarlas?... debilidades. Tal vez sus compañeros las experimentaban y, de igual modo que él, no lo decían, ni se decidían por una confidencia que podía ser tomada como falta de valor. Se quedó inmóvil. Aquí estaba otra vez esa música del infierno. Se adelgazaba y bajaba pero volvía, plañidera. “Es el viento”, dijo en un susurro. Se pegó a la pared respirando agitado. “Ya se va, ya se va”, repitió en voz baja. Pero hubo algo que lo dejó sin aliento. Algo más se escuchaba detrás de la melodía lúgubre. Una nota más baja y oscura, como una mancha sonora que latía una y otra vez. Callaba y volvía. ¿Algún batiente? ¿Algo que había quedado mal cerrado, arriba? Cesó. Desapareció. Al cabo de pocos segundos, los oídos alertas de Donovan volvieron a registrar aquella nota distante. Ladridos. Apagados, en sordina. Su cuerpo vibró como una lámina de metal que recibe un golpe seco. El ladrido quejumbroso, inconfundible de... En el momento en que se lanzaba sobre la puerta para salir, se paró en seco. “¡No! –murmuró con los dientes apretados— ¡Esto no existe!” No había ladridos ni violines, no había nada de nada. Eran las trampas de la noche. Una ebriedad de los sentidos, un engaño de los elementos que se volvían contra él reduciéndolo a un miedo miserable. En aquellas latitudes, todo parecía otra cosa. Las jugarretas del mar, que podía producir espejismos como el desierto, a causa de las diferentes temperaturas del agua y la atmósfera. Cierta vez había sufrido esas confusiones. Un albatros posado sobre el agua le pareció tan grande como un barco; más tarde, había tomado un banco de bruma por una montaña, y dos focas dormidas sobre las piedras de una playa, por dos enormes ballenas varadas. Pocos días más tarde, el fenómeno se repitió pero a la inversa, el mundo se había empequeñecido y seres y barcos eran mínimas reducciones de la realidad. En el Faro, un gozne oxidado podía sonar toda la noche como el quejido de un moribundo. “Todo está bajo control”, repitió Donovan, las palmas abiertas empujando el aire, mirando hacia la mesa, como si en la silla vacía estuviera sentado alguien invisible. Súbitamente, la melodía del violín y los ladridos cesaron. Se oyó entonces el ruido turbulento de las olas azotando las rocas, a los pies del Faro. Un vacío de alivio cayó sobre la espalda fatigada de Donovan. Con cuidado, como el que teme romperse, se acostó. En el acto, se hundió en el sueño como en un pozo.

         El día lo recibió con un sopor cansado. El otoño terminaba y amanecía muy tarde. Subió a la torre y apagó la óptica. El mar gris, con correntadas de un verde casi negro, estaba más tranquilo que la víspera. Hacia el sudeste, divisó una forma en el horizonte. Enfocó con el largavista. Un gigantesco iceberg derivaba en la corriente rodeado por otros más pequeños, como un transatlántico escoltado por una escuadra de botes en su salida al océano abierto. La mole semejaba una montaña flotante, despidiendo torrentes de agua por sus cavernas cuyas bocas se abrían a diferentes alturas.

Tomó los datos meteorológicos, ordenó los elementos de trabajo y unos minutos después bajaba a servirse una taza de café. Había recobrado toda su lucidez y a pesar de que se sentía débil, consecuencia de la mala noche pasada, se encontraba sereno y dispuesto a la tarea del día. Se puso el equipo de abrigo y salió. Aunque opaco y glacial, no estaba malo el día. En dos semanas llegaría el barco de los víveres y entonces pediría su urgente relevo. Este pensamiento lo tranquilizó por completo. Decidió que cruzaría en el bote hasta el otro lado de la bahía a buscar nidos de cormoranes. Se daría una cena con huevos frescos y cholgas. Durante los diez días de la agonía de su perro, por no dejarlo solo, había comido comida enlatada y galleta.

 Subió al bote y empuñó los remos. Todo estaba inmóvil, gris y nítido. No se veía volar ni un pájaro. “Va a nevar”, dijo torciendo la boca como si hablara con alguien sentado a su lado, en el bote. “Dios mío, el invierno polar...”, murmuró meneando la cabeza. Lo golpeó la vaharada acre de la isla de los lobos marinos. Las rocas permanecían desiertas, la colonia no estaba, ni siquiera uno había quedado. Habrán salido como yo en procura de su cena, pensó Donovan. Saltó del bote y lo arrastró unos metros por el borde angosto entre el agua y la montaña. Desde allí veía la mancha clara del plumón de un nido. Trepando por las piedras con la canasta en bandolera, recogió algunos huevos y unos cuantos moluscos. En la quietud helada, empezó a nevar. Los copos, llevados de un lado a otro por el viento, rodearon a Donovan y espolvorearon de blanco su gorro y sus hombros. Empujó el bote hacia el agua y subió. Cuando se quitaba la correa de la canasta, lo vio. Asomándose imponente por detrás del abrupto perfil de la isla, como si hubiese estado esperándolo, acechándolo escondido, doblaba lento y majestuoso y aparecía en toda su forma. Un témpano del tamaño aproximado de una casa chica y muy alto navegaba a una lentitud hipnótica, directo hacia él. Uno de los laterales, cortado recto, a pique, era de un blanco denso, antiguo, como si por allí se hubiera separado del iceberg madre. Las otras paredes, irregulares y curvas, horadadas por el agua, habían adquirido una forma vagamente piramidal. La pared lateral que Donovan podía ver sólo a medias, se curvaba hacia el interior donde el hielo tomaba una transparencia celeste pálido. En el fondo de la hendidura, vio que el bloque albergaba una mancha más oscura, extraña a la impoluta y transparente materia del agua solidificada. Una mancha con una confusa forma de un núcleo más denso y unos como... ¿filamentos? ¿patas? Atónito, esperó a que la masa de hielo, imponente a medida que se acercaba, ahora podía calcular su altura en unos diez metros, se desplazara hacia el este y pasara, en su sigiloso viaje entre los copos de nieve, frente al bote. Un extraño silencio rodeaba la escena, como si el sonido del viento y el constante golpear de la rompiente se hubieran retirado lejos. La mancha oscura, arriba, en el corazón de iceberg, quedó momentáneamente velada. Maniobró para mantenerse a prudencial distancia, pero el iceberg ejercía, como los cuerpos en el espacio, una atracción sobre el bote que se aproximaba irreprimiblemente a su encuentro. Entonces, en la pálida luz del día, Donovan tuvo una visión que poblaría sus pesadillas en todos los años que le quedaran por vivir, porque ahora el bloque había realizado un leve giro y frente a él, unos metros arriba, un hombre suspendido en su ataúd de hielo, desde el fondo de los siglos, lo miraba. Un hombre con el pelo pegado al cráneo y los ojos abiertos en una cara de una lividez apenas más densa que el hielo. El labio superior recogido mostraba los dientes en una mueca inverosímil, los brazos y las manos de dedos transparentes abiertos a los costados del cuerpo, igual que las piernas, en la actitud del que flota en el agua, las ropas de un desvaído color ocre pegadas al cuerpo momificado que subía y bajaba, inmerso para siempre en su inmóvil trampa mortal. La gorguera, las calzas, la espada... Los ojos desorbitados de Donovan contemplaron aquel cadáver de cuatrocientos años detenido entre la vida y la muerte, porque antes de caer en un estado de semiinconsciencia, alcanzó a ver en un jirón de paño bordado con hilos de oro ennegrecidos el nombre de la Marygold, lanave de la escuadra de Francis Drake, arrastrada por la tempestad hasta aquellas aguas desconocidas y desaparecida en el fondo del abismo oceánico en agosto de 1578.

Dos semanas más tarde, la tripulación del barco de abastecimiento encontró en el Faro a un hombre al borde de la inanición, que deliraba. No lograron entender de qué hablaba, pero era evidente que no podía continuar en el servicio del cabo de Hornos y fue inmediatamente relevado.