EMPIEZA OTRA HISTORIA

Sylvia Iparraguirre

 

 

                                                                                                             

 

 

 

Invierno en el corazón de la Isla Grande

 

 

Son las dos de la tarde de este 21 de junio y en dos horas oscurecerá; el frío no sólo se siente sino que se ve. Al amparo de chapas inclinadas que hacen de cobertizo, las llamas de un fuego alto, de leña de lenga, nos acercan en una rueda de manos extendidas hacia el calor. Un fuego, pienso, en nada diferente a aquellos que vieron desde los barcos los navegantes europeos hace casi quinientos años, el que encendían hombres a quienes los viajeros vieron como seres de enorme estatura, inaugurando la leyenda de los gigantes.

Compartimos un asado con quince personas de la “Comunidad OnaRafaela Ishton”, de Río Grande. Estamos reunidos en el corazón de Tierra del Fuego, en los antiguos llanos y bosques de los onas, que ahora han vuelto a las manos de sus descendientes. Los hermanos Rubén y Margarita Maldonado, hijos y nietos de onas por vía materna, son nuestros anfitriones. Rubén Maldonado, jefe de la Comunidad, es un hombre de mediana edad que ha querido establecerse cuanto antes en el lugar que ahora les pertenece. Están su madre, Herminia, y su tío, en cuya casa se hace el asado. La casa es una sola habitación precaria de chapa sobre pequeños pilotes, en el medio del campo. Hace sólo cinco meses que la Ley provincial 405 les restituyó las tierras que fueron de sus ancestros y el motivo por el que estamos aquí es saber, justamente, cómo viven ancianos y jóvenes, esta restitución. Lo que primero aclaran es que Ishton no es un apellido inglés, como equivocadamente se dijo en una publicación, sino que es un nombre ona que quiere decir “de muslos gruesos”.

Mientras hablamos, el viento golpea, helado y cortante. Detrás de las chapas, un montecito de árboles inclinados muestra la crueldad del invierno en Tierra del Fuego. Más allá está el bosque y más allá las montañas azules, brumosas, las últimas estribaciones de los Andes. La melancolía del paisaje no es necesario inventarla; aquí la naturaleza manda y nosotros somos un conjunto de seres insignificantes que acatamos como podemos el frío y la cercanía de la noche  más larga del año. Casi sin querer uno se encuentra pensando cómo era posible sobrevivir en estos lugares extremos cuando toda la isla era territorio de los selk'nam (onas), los haush, los yámanas y los alakaluf, los cuatro grupos humanos que, desde más de 9000 años atrás, poblaron este fin del mundo. Porque el nombre original de este pueblo es selk’nam. Ona, por el que comúnmente los conocemos, viene de la palabra “onaisin” que les daban los yámanas, sus vecinos del sur, y que quiere decir “gente del norte”. Más allá está el mar, dice Rubén Maldonado con un gesto amplio, satisfecho de la reunión. Conversamos alrededor del fuego, mientras comemos  un cordero asado que ningún restaurante del mundo podría imitar. Se advierte un clima general de alegría precavida y de cierto orgullo porque estamos reunidos en tierra ona, en la cabecera del lago Fagnano, a unos pocos kilómetros del pueblito de Tolhuin, que en selk’nam quiere decir "corazón", precisamente por estar en el centro de la isla. Aquí vivieron los antepasados de estas personas, cuya historia es la inversa del pacífico desembarco de nuestros abuelos italianos o españoles o judíos o árabes: ellos no llegaron sino que vivieron siempre aquí; y si quisiéramos averiguar “cuándo llegaron” deberíamos remontarnos al principio de los tiempos, a aproximadamente treinta mil años atrás, cuando el hombre dejó Asia, cruzó el estrecho de Bering y comenzó su aventura de poblar América en su viaje incesante hacia el sur.

Ninguno de los grupos originarios de Tierra del Fuego tuvo historiadores propios. Estos pueblos fueron ágrafos y el único eje de su perduración en el tiempo lo constituye la memoria, tanto individual como colectiva. La memoria, suelo del que se nutren la lengua, la tradición y los mitos, tiene para estas comunidades una importancia capital y no está sujeta a un criterio racional, aristotélico, de veracidad, tal como sucede con nuestras tradiciones occidentales. Cuando Martín Gusinde, el antropólogo austriaco, jesuita, pasó tres años en Tierra del Fuego, entre 1919 y 1923, a él confiaron los últimos onas su tradición. La escena tiene algo estremecedor, incluso para el más escéptico: ceremonias secretas de iniciación a la pubertad, de conocimiento del mundo, de cosmovisión fueron confiadas a un hombre blanco. El hombre blanco, causa directa de su desaparición como pueblo, fue, paradójicamente, en la figura de Gusinde, su única manera de sobrevivir en la memoria de los otros. No hay que cubrir esta escena de sentimentalismo. A mi criterio, la causa indígena no es una causa preferencial ante la que debemos comportarnos con una correcta conmiseración. La causa indígena es una causa vigente porque los indígenas fueron y son desposeídos de solemnidad en toda América Latina; constituyen esa franja, junto con los blancos indigentes urbanos y rurales, de pobres de América. Sólo que a esta pobreza material, a esta indigencia que no accede (salvo ahora en Bolivia y merced de un trabajo y unas contradicciones enormes) a lo más elemental, debe sumarse la pérdida progresiva de lengua e identidad. Y este es un fenómeno complejo al que hay que asomarse con gran cuidado, ya que aparece, en parte, como insoluble.

No obstante, a estos descendientes de los antiguos onas ágrafos no les ha hecho falta una historia escrita para saber que viven un momento único. Para la Comunidad Rafaela Ishton, habrá un antes y un después de la Ley Provincial 405 de restitución de las tierras y ahora, como dirá Maldonado al final de la tarde, empieza otra historia.

Una historia que había comenzado a desarrollarse en 1909, cuando la Gobernación Marítima de Tierra del Fuego deja las parcelas 89, 90, 91, 92 "reservadas" para los indios. Hay que aclarar que cada parcela tiene 9.000 hectáreas. El cálculo inmediato da un resultado elocuente: no debe haber sido fácil que 36.000 hectáreas en las tierras más hermosas de la Isla pasaran así nomás a manos de los descendientes de los onas. La Tierra del Fuego, dijo Maldonado esa tarde de junio, es como una gran estancia y en medio de esta estancia ajena había que conseguir recuperar el espacio propio.

 

Recuerdos del clan

 

A la mañana, antes del asado, en la camioneta de la Comunidad, recorremos el campo. Nos muestran de cerca un monte, un paraje. El relato y el lugar arman un escenario de sucesos que, durante décadas, han ido quedado azarosamente dispersos en referencias de legajos perdidos, en algunas fechas y registros, en listas de nombres, en la memoria de muy pocos. Y nada más. No existe escritura que relate las embrolladas peripecias de este largo pleito.

Acá existió un campamento muy grande ─señalan─. Se llamaba campamento Shenén del lago Khami(hoy Fagnano), y estaba antes de que este lugar fuera declarado reservación aborigen. Hay consenso en señalar que fue declarado “reserva” no porque hayan querido hacer un acto de reivindicación, sino porque querían sacar a los indígenas de Río Grande y de Ushuaia y traerlos a este lugar, que era uno de los lugares más difíciles de entrar. No había camino.Entonces se loteó acá ─ahora es Maldonado el que habla, nunca duda y muestra una memoria notable para fechas y datos históricos y legales─. Primero en el año 1909, pero recién en el año 1924 se hizo el decreto de reservación que lo firma el presidente Marcelo T. de Alvear. En el '25  hay una especie de entrega de parte de la Gobernación Marítima, con un manuscrito que se hace firmar a cuatro indígenas viejos que eran los que en ese tiempo llevaban la conducción de la Comunidad: Rupatini, Julio Leguizamón, al que apodaban 'el cacique Leguizamón', Antonio Doye y Garibaldi Honte. Eran los cuatro jefes que había en este lugar y fueron los que impulsaron el reclamo desde esa fecha." Maldonado es el despositario último de esta jefatura heredada para la demanda y los demás lo escuchan con atención, sin interrumpirlo.

Mientras hablamos, el panorama ha cambiado por completo. El llano quedó atrás y  avanzamos en medio del extraordinario bosque de Tierra del Fuego, el bosque de lengas que en otoño se vuelven rojas. Ahora la nieve cubre en parte el suelo y estamos en medio de un paisaje encantado. Es un bosque silencioso y muy alto, y la huella estrecha apenas alcanza para que avance la camioneta. Acá entramos en el Bosque Alto, explica Margarita, Esta huella la limpiamos entre toda la gente de la Comunidad, pero no tocamos los árboles, fuimos sacando los troncos caídos que volteó el tornado del 98; así abrimos la huella. Nosotros no tocamos los árboles.

Tengo copia del documento del que venimos hablando: el decreto provincial Nº 515, de julio de 1925, que en el artículo 3º, dice: "Resérvase con fines de utilidad pública y con los consiguientes destinos los lotes que se citan: lote 88, para ser ocupado por las Misiones Salesianas y lotes 89, 90, 91 y 92 para la CONCENTRACION DE FAMILIAS INDIGENAS DE LA REGION, quedando la Dirección General de Tierras autorizada para dar los permisos respectivos con carácter precario". El mismo documento adjunta unas hojas manuscritas que pertenecen al archivo de las Misiones Salesianas con el título Síntesis de las familias indianas. La letra vacilante pero legible es del cacique Leguizamón: Campamento Shenen, 5 de julio de 1922, y finaliza: Son total 158.

Es decir que en 1922 el pueblo ona contaba con 158 personas.

 

 

¿La “última ona”?

 

 

Hablamos de aquellos onas y de la última "ona pura" que acaba de morir: Virginia Choinquitel, muerte publicada en estos días bajo ese título en diarios locales y nacionales. De inmediato, la gente de la Comunidad quiere aclarar: ¿Qué significa "puro"? No es una cuestión superficial: dicen que la gente que lea esa noticia puede confundirse. Si ella fue la “última ona”, nosotros, ¿qué somos?¿Acaso se puede discriminar en “medio ona”, en un “cuarto de ona”? Queda claro que hablan no solo de la sangre sino de la identidad. Asumir un grupo humano, un pasado, una historia común y ahora, por primera vez, un futuro común habla de asumir una genealogía pero, sobre todo, una identidad.

       A lo largo de un siglo y dos décadas  ─1880 fue el momento en que el hombre blanco se estableció en Tierra del Fuego─, son muy pocos los ejemplos de onas que hayan estado en contacto con la historia letrada que les permitiera armar una genealogía. A pesar de esta desventaja, los descendientes de aquellas últimas familias de 1922, los que quedaron después de lo que llaman "el genocidio", son quienes se nuclearon alrededor de una identidad y de los restos de una tradición y consiguieron, junto a otras comunidades aborígenes, que la historia argentina reciente cambiara. Las comunidades de los pueblos indígenas de la Argentina ─explican─ hemos logrado que se modifique el artículo 67, inciso 15 de la Constitución de 1853, que decía: “Prever a la seguridad de las fronteras, conservar el trato pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo”, por la reforma que se juró el 24 de agosto de 1994, que en el artículo 75 dice: “Corresponde al Congreso reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades y la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan, y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes ni embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afecten. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones.”

En el intrincado laberinto discursivo-legal de la posesión de estas tierras, hay dos decretos que llaman la atención: uno firmado por Perón, de 1948, y otro por Onganía y KrigerVasena, de 1968. Según el primero, se destinan doscientas hectáreas de esta reserva para la construcción de un aeródromo. El decreto de Onganía es más tajante: deja sin efecto el otorgamiento de Alvear de 1925 y da las tierras a la Administración Nacional de Bosques. Ni una palabra sobre el destino de la gente que vivía allí.

Le pregunto a Maldonado cómo ha sido la relación de la Comunidad con los políticos. La petición pasó años estancada, dice. Con el gobierno de Alfonsín, con la democracia, se puso otra vez en marcha y se avanzó mucho, pero se fue Alfonsín y hubo que empezar todo de nuevo. Después, Menem nos prometió la devolución, y  en los últimos años, se llegó a la Ley 405, a la restitución.

 

 

La legitimidad

 

 

"Acá hay una laguna que se llama Laguna Pescado y que ellos llamaban Tabs porque tabs es pescado en ona". Maldonado detiene la camioneta para que apreciemos el lugar. "En ese lugar vivía un tío legítimo de mi mamá. Le decían 'el indio Jak' y vivía con Lola Kiepja. Vivían en un rancho, en forma primitiva..." La palabra legítimo va a ir tomando un valor y un peso singular a lo largo de todo el día. Se nota que la mención de Lola Kiepja es especialmente entrañable. Algunos la recuerdan de cuando eran chicos, como una anciana que visitaba a todos, que se preocupaba por cada una de las familias y que hablaba selk’nam, además de conocer los cantos antiguos, los cantos sagrados. Una especie de memoria viviente del clan. La antropóloga Anne Chapman la describe, en 1965, como: "...la última selk'nam que había vivido como indígena y la única chamán viviente. También era una persona de extraordinaria sensibilidad e inteligencia." Aquí, señalan, vivió Lola Kiepja. No se ve nada que indique un lugar distinto del resto del llano que se extiende alrededor, moteado del bosque de invierno. En este lugar se hizo la última ceremonia del hain, en 1921. Era una ceremonia espiritual para la iniciación de los adolescentes -sigue con paciencia Maldonado-, el klóketen era para los más grandes, cuando ya llegaban a la vida adulta. Nosotros reclamamos que a este paraje se lo declare patrimonio histórico nacional y patrimonio Cultural del Pueblo Ona de Tierra del Fuego.

 

Históricamente, Tierra del Fuego ha sido un lugar de violentos contrastes, como sucede con su clima y su paisaje, testigo de los hechos más heroicos y feroces, y de los naufragios más asombrosos. Los hombres que llegaron a este extremo del mundo parecieron plegarse a estos excesos: hubo abnegados misioneros que arriesgaron la vida convencidos de estar cumpliendo una misión trascendente al convertir a los indígenas a su credo, y que se interesaron, como Thomas Bridges, por su historia y su lengua. Hubo otros, hombres brutales, como los loberos y balleneros o los buscadores de oro que imponían su ley, amparados en la impunidad de estar a distancias remotas de cualquier ley. Ellos eran la ley. A fines del siglo pasado, personajes como "el chancho colorado", un escocés temible, capataz de estancia, que pagaba cuatro libras esterlinas el par de orejas de indio, eran frecuentes en estas latitudes. Los buscadores de oro que llegaron a la isla atraídos por la misma fiebre que se encendió en California, se hundieron en la decepción. No había oro en Tierra del Fuego. Hombres o, como los llamaría Horacio Quiroga, ex-hombres que se dedicaron, entonces, a la caza de indios. Los onas, como los yámanas en el sur, quedaron atrapados en su propio territorio. Su refugio, a veces elegido, casi siempre obligado, fueron las misiones religiosas. La Misión inglesa anglicana, en Ushuaia, y la Misión católica salesiana, en Río Grande. Pero la búsqueda de refugio en las Misiones implicó el altísimo costo de perder identidad y lengua.

Este es el caso de Herminia Vera-Ona, madre de Maldonado y de Margarita, anciana de 78 años, hija y nieta de onas. Recuerda su llegada a la Misión Salesiana. Cuando tenía cuatro años, cuenta, mi mamá murió y mi papá me llevó a la Misión salesiana. Como trabajaba y no me podía cuidar y el matrimonio que me tenía me maltrataba mucho, entonces prefirió dejarme con las monjas. Su hija continúa: Allí lo pasó bien, fue bien tratada, bien alimentada. No le faltó nada. Lo único triste que ella cuenta siempre es que no le permitían hablar su lengua. Herminia, parca o tímida, asiente y agrega, en voz baja, que casi no tiene recuerdos de la lengua ona, las monjas nos prohibían hablar selk'nam. Herminia también guarda memoria de una terrible matanza de indios en la que murió su abuela: Fue en Punta María, que se llama ahora Río de los Onas, y que antes era el Río Malena; murieron muchísimos...todos indígenas. Hasta el día de hoy, mucha gente que ha hecho excavaciones  ha encontrado esqueletos.

Hay consenso en que la palabra “evangelización” ha querido decir varias cosas, no siempre buenas. Como en toda comunidad que ha sido perseguida, la genealogía es materna. No están claros los nombres antiguos, los recuerdos han pasado oralmente de unos a otros y son de difícil precisión en el tiempo y en el espacio. Vuelve a ponerse de manifiesto la paradoja que mencionamos al comienzo: para responder a una pregunta, Maldonado irá hasta la camioneta para volver con el libro de Anne Chapman, donde encuentra lo que quiere explicarme.

 

 

Pugna de intereses

 

Detrás del relato que a lo largo del día y a muchas voces se va armando, detrás de la tenaz memoria para fechas, artículos y leyes, se advierte la tensa pugna de intereses que la restitución de estas tierras provocó a lo largo de décadas y que deja al descubierto la continuidad de una discriminación histórica. Es decir, cuando "eran indios" el reclamo no era válido precisamente porque "eran indios": personas sin ocupación fija, marginales, analfabetas, con las que no se sabía muy bien qué hacer, salvo mandarlas a una “reserva”. Más tarde, cuando se integraron dificultosamente a la sociedad de los blancos y alcanzaron una posición desde la cual reclamar, es decir ahora, se los mira con desconfianza, dejando filtrar la suspicacia de que “no todos son onas” o de que tal vez, algunos, enganchados en el tema indígena pero sin legitimidad, han resultado beneficiados con una adjudicación que no puede resultar menos que estruendosa. La legitimidad alude a una calificación que opera en la realidad cotidiana de estas personas, a la vez que señala un espacio social duramente ganado y sobre el que siempre se cierne la sospecha.

Por parte de la Comunidad, el pleito dejó al descubierto nombres de propietarios de tierras que actuaban bajo testaferros; corrupción; dudosas maniobras políticas, nombres de periodistas y de medios locales que no simpatizan con esta causa y a los que la Comunidad señala como "gente que no sabe nada de la cuestión indígena". En el medio, los que llegamos de afuera a la Isla, no podemos dejar de percibir la mirada socarrona que recae sobre los “norteños”. En este tema muchos nos ven como crédulos a los que siempre les falta algún elemento de juicio para comprender cabalmente la cuestión de la Comunidad. Pareciera que en el aire flota la idea de que "deben probar que son onas". La cuestión es molesta y por lo tanto dicha a medias; algunos callan por no pasar por malpensantes, otros por indiferencia, otros son explícitos y francamente detestan a "estos chilotes", como he escuchado decir. Otros recriminan irónicamente a algunos miembros de la comunidad  costumbres o características triviales, como que “les gusta andar en auto” (sic) pero que, rápidamente, se deslizan de la banalidad al tema de la restitución de las tierras. En un segundo, la cuestión está en la superficie.

En el aire pesa otro elemento indudable: hubo tiempos en que ocuparse de estos asuntos "de indios" era una insensatez, no le importaban a nadie. Ahora ─Derechos Humanos mediante─ las cosas han cambiado y hace mucho que los políticos, locales y nacionales, buscan blanquear cualquier desdén o indiferencias pasadas y exhibir como un logro político más la "cuestión indígena". Bajo las encrespadas aguas de los litigios y la legalidad, en las profundidades se mueven definitivas cuestiones sociales de la Isla,  prejuicios, adhesiones e intereses económicos y políticos.

 

Nadie puede pretender que un grupo de personas, de cualquier tipo que sea, se presente como perfecto para garantizar la bondad de la idea o de la causa que sostiene. Las causas y las ideas suelen estar por encima de los hombres que las profesan. La idea, tenazmente perseguida y alcanzada por la Comunidad ona, es una idea no sólo buena, sino justa. El hecho de que los que la consiguieron no sólo no hayan pertenecido nunca al grupo más influyente de la isla, sino que, en términos generales, su ubicación ha sido siempre marginal, por no decir sumergida, explica buena parte de las actitudes y reservas de la sociedad fueguina.

 

Los proyectos

 

Avanzamos en medio de las altas ramas oscuras de las lengas sobre el cielo plomizo. Una roca enorme, cubierta de musgo esmeralda da un toque extraño a un pequeño claro cubierto de nieve. La huella es cada vez más estrecha. Esta huella la limpiamos entre toda la gente de la Comunidad, explica Margarita, pero no tocamos los árboles; fuimos sacando los troncos caídos. Nosotros no tocamos los árboles.

Llegamos a un abra dentro del bosque donde estará, en un futuro, la casa de la familia Maldonado. Una vieja carrocería de colectivo a la que se le ha adosado un alero de chapa hace de trailer─vivienda. En un cajón amplio hay gallinas y una perra blanca corre enloquecida a nuestro alrededor. Sobre la nieve, una parrilla traza paralelas negras. El frío en terrible, pero ninguno de los presentes parece notarlo. Los gestos y las caras, hablan más elocuentemente que las palabras. Hay orgullo al mostrar la belleza del lugar. Un sentimiento inexpresable de incredulidad sostiene la convicción de que hay que asentarse lo más rápido posible; hay que venirse como sea a ocupar su lugar. En el silencio blanco del bosque se escucha el rumor del río. Detrás del improvisado trailer cae una barranca y unos diez metros más abajo, corre con un sonido claro, de pequeñas cascadas, el río. La soledad es imponente y por un momento me separa de los otros. Margarita habla de preparar y envasar hongos y frutillas silvestres, su hija de quince años también está apurada por venirse a vivir al campo. La intención mía, dice Maldonado, que se desplaza de un lado al otro, es hacer una cría de truchas para comercializar, para tener un ingreso. Hacer un par de piletas, porque ahí se hace una angostura (en el curso del río) y en esas angosturas se pueden hacer represas para convertirlas en piletas de cría. Pero el proyecto tiene que estar avalado por la Dirección de Recursos Naturales de la Provincia; hay que armarlo de acuerdo a la Reglamentación de la Ley provincial 145, que es la que administra los recursos naturales.

Muy pasado el mediodía, volvemos. En la rueda alrededor del asado, Pepe, María Angélica, Pedro Cárcamo Pashauala, Margarita, Darío, Sergio, Marcela, Norberto, Herminia, Ayelén, los chicos. Las familias son muchas. Surge la pregunta de cómo van a dividir las tierras. "Tenemos un estatuto y de acuerdo con él, las tierras son para quienes las van a ocupar. El que se queda en Río Grande o el que se queda en Ushuaia, si no viene a vivir acá, no tiene tierras; esta persona pertenece a la Comunidad y forma parte como dueño de todo, pero hasta que no viene a asentarse acá, no tiene la ocupación. Ahora si viene a asentarse, de acuerdo al proyecto que tenga se distribuye la cantidad de tierra que va a ocupar. Si viene alguien que va a sembrar, o que va a trabajar con vacuno, ya necesita más espacio. O si viene alguien que quiere hacer una granja..., de acuerdo al emprendimiento que haga se distribuye el espacio que va a tener. Y el resto sigue siendo de todos: propiedad comunitaria. Se está cumpliendo lo prometido por el gobierno nacional, de darnos el dinero de la mensura que es mucho 133.000 peso, y finalizar el trámite de escrituración. Después tenemos que conseguir fondos para actividades que queremos llevar adelante para el desarrollo comunitario de nuestra tierra. Ahora empieza otra historia.”

 

Epílogo

 

Terminó el invierno, pasó la primavera y pasó el verano. Casi un año después de aquel asado, vuelvo a hablar con Rubén Maldonado, con Margarita, con la gente de la Comunidad. Hoy la “Comunidad Rafaela Ishton” respira un aire distendido, diríamos que festivo. Por un lado, relatan, las mensuras de las tierras terminaron y están a punto de aprobarse los planos realizados por el agrimensor José Burgos. De a poco, las familias van ocupando sus chacras. Pero el centro del festejo, se debe a que la Comunidad fue designada por una comisión internacional como anfitriona en Tierra del Fuego de las Jornadas Mundiales de Paz y Dignidad. Por primera vez en la historia de Tierra del Fuego, llegaron a la Isla personas de distintos grupos indígenas de toda América, desde Alaska, en EEUU,  a Chile. Estas Jornadas unen, en un lapso de siete meses, dos rutas realizadas a lo largo de un camino de postas y relevamiento de participantes; una carrera simbólica. Una columna sale de Alaska hacia el sur, y otra de Tierra del Fuego hacia el norte, para reunirse en la ciudad sagrada azteca de Teotihuacán, México, el 23 de octubre. Será una jornada internacional en la que se revisarán y recordarán los últimos 25 años en materia de pueblos indígenas americanos. Aquellos que ya no están, aquellos que crecieron en su autodeterminación y las agrupaciones nuevas que van surgiendo. La “Comunidad Rafaela Ishton” ha sido anfitriona en sus propias tierras, como decir en su propia casa, y pudo mostrar con legítimo orgullo el largo y tenaz camino recorrido hasta hoy.