Inicio de Encuentro con Munch (2013)

 

Fue para la primavera del milenio, cuando los viajeros volaban alrededor del planeta con cierta despreocupación, imaginando que inauguraban un siglo menos cruel que el que dejaban atrás. En el aeropuerto, antes del embarque, la mujer hojeaba distraída un libro del puesto de diarios y revistas, cuando cayó sobre una frase que le llamó la atención. Volvió a leerla. Cambiándole sólo detalles —hizo la prueba—, la frase diría: Una espléndida mañana de primavera, en el umbral del siglo xxi, una mujer de aspecto normal recibió un billete para desplazarse al norte de Europa, a Escandinavia. No hay reglas acerca de cómo empezar un relato y esa frase de Walter Scott, citada en el libro que terminó comprando nada más que por eso, bien podía ser un comienzo. Aunque menor, se trataba de otra coincidencia: viajaba al norte de Europa, había recibido un billete y era primavera. Toda la serie de hechos que culminaba en el viaje iba adquiriendo un sentido que estaba fuera de su alcance. No podía dejar de advertirlo, sin que eso le revelara nada. Salvo la decisión de escribir. Porque lo que debía anotar, aunque más no fuera para no olvidarlo o para poder descifrarlo después, era el sorprendente cruce de casualidad, azar e ironía, que había intervenido en el origen de este viaje insólito, en el cual Corina, su amiga de toda la vida, sin participar y sin saberlo, había jugado un papel fundamental.

 

En una librería de la calle Solís había comprado una libreta del tamaño justo, con una cubierta símil cuero suavemente acolchada que le encantó al tacto. En esas páginas en blanco se prometía ser la cronista de sus propios pasos.