EL PARQUE (1996)

 

 

 

PARTE 1

LA ESCUELA DEL MIEDO

 

 

 

                                       CAPITULO UNO  

 

 

                                             MIRILLAS   

 

 

 

 

 

“Presten atención, caballeros”, decía el maestro Zorroarín, “ob­serven bien: algu­nos atur­di­dos, otros inde­ci­sos, andan a la deri­va entre los juegos miran­do aquí y allá. Están des­pre­veni­dos, disponibles, éste es el mejor mo­men­to para clasificarlos.” La voz del maes­tro recorría la pe­num­bra de la ba­rra­ca ro­dea­da de silencio­so respe­to. Inmedia­ta­men­te, va­rios pares de ojos se apli­caron a las mirillas disimula­das en la fachada de madera de El Laberinto del Te­rror.

¿Aquel que viene comiendo maní? —La voz de Zorroarín le habló al joven Marco.

—El caníbal.

—No. Mire bien.

—Soplido en la oreja con gruñido.

—Intente otra vez.

—El carcomido por el vitriolo.

—Hummm... ¿Y aquellos ancianos fanatizados?— volvió a pre­gun­tar el maestro desde su puesto de mira.

Los alumnos estudiaron por las ranuras un contingente belicoso de cabezas canas, aglomerado sobre la puer­ta de El Pastor Para­psi­cólogo, que hacía temblar el cartel "Hoy: Damas y Jubilados gra­t­is".

—El indio malonero.

—El monje sifilítico.

—La calavera parlante.

—Aliento en la nuca con estertor sepulcral.

Zorroarín echó una rápida ojeada al que acababa de hablar: Pestalozzi, alum­no adelantado, sutil y creativo, tenía porve­nir. "Miren bien, miren bien", repetía frotándose las manos, "hay que saber descubrir a la persona detrás del personaje.” Sin que lo nota­ran, el maes­tro dejó la tarima, se detuvo agazapado tras las  es­paldas y, po­nien­do la mano sobre una nuca desprevenida, soltó como un dis­pa­ro: "¿Y aqué­l?". Con un brinco, el elegido, pegado el ojo a la mirilla, exclamó:

—Salida a los saltos con capucha negra.

—No.

—¿Papirotazo en la oreja? 

Zorroarín sonrió satisfecho. Papirotazo: le gustaba que su alumnado remozara palabras antiguas logrando así un breve esplen­dor añejo en las exposiciones. No había sido fácil, los jóvenes eran desaprensivos con el lenguaje; al fin, su insis­ten­cia había termi­na­do dando fru­tos. Pal­meó el hom­bro delga­do. "Bas­tante bien, bas­tante bien", aceptó.

—Aquellos dos solitarios –señaló de golpe el maestro.

Desde la altura de su tarima, a la que había vuelto, y desde su propia miri­lla, Zorroarín lograba una visión pano­rámica de un vasto espa­cio del Parque que se exten­día entre El Labe­rinto del Terror y las barracas vecinas, en cuyo centro se levantaba como una isla en medio de los paseantes y del bullicio, el quiosco chino de venta de po­choclo. Un hombre bajo, de apa­riencia tímida, miraba indeci­so la entrada de Por los Canales de Venecia; otro, alto y flaco, de marchito traje gris, compraba al enano del quiosco una manzana acaramelada. Por un momento, las miradas distraídas de los dos hombres coincidieron en la imponente fachada de El Laberinto. Por más que sus ojos la recorrieran una y otra vez de un ex­tremo al otro, pensaba Zorroa­rín, jamás llegarían a sospe­char que, tras las pin­turas murales que la adornaban, estaban siendo cuida­dosamen­te estudia­dos por varios pares de ojos. Sona­ron las voces entre las tablas.

—El leproso medieval.

—El torturador de la Gestapo.

—Grito espeluznante.

         —El caníbal.

—El monje sifilítico.

—Carcajada sepulcral.

—El zombie.

—El carcomido por el vitriolo.

—¡Basta! –cortó tajante Zorroarín—. Les corresponde carca­jada se­pul­cral, ¿no ven lo endeble de las personas, el poco carácter, la dejadez, la falta de presencia? ¿No perciben la escasa contención de espíritu? —Vol­vió a echar una breve ojeada afuera buscando otro sujeto. —¿Y aque­lla dama madura que avanza hacia El Túnel del Amor?

Luego de unos instantes, los alum­nos arriesga­ron:

—Ceñimiento de glúteos con pellizcos y grito estridente.

—Apretón con estertor.

—Salida de la tumba con colgajos.

—Aullar de lobo con apretón.

—El guiñapo humano.

—El caníbal.

     —Corresponde aullar de lobo con apretón —interrumpió senten­cioso Zo­rroarín, no sin antes dirigir una mirada rápida al alumno que había hablado en último término: Marco.

Bajó de la tarima y dio por concluida la clase. Para la función de esa noche, el maestro pidió la colaboración del pelirrojo pequeño y avieso y de Pesta­lozzi; los demás podían retirarse hasta la clase del día si­guiente. Entre manotones amisto­sos y comentarios sofocados, los educandos enfila­ron hacia la puerta late­ral de la barraca. El ajetreo que a esa hora crecía tumultuoso desde los confines del Parque —el zumbido de las maquina­rias de los juegos, la ta­rante­la estriden­te de Por los Cana­les de Venecia y el atro­nador roc­k de El Pulpo—, se volcaba como una ola incon­te­nible sobre el si­len­cio mona­cal de El Laberinto del Terror. Al abrir la puerta, las caras de los alum­nos cobraron un contorno rojo frente al resplandor de La Man­sión Incen­diada. Un momento después, sus sombras erráti­les se perdían, tra­ga­das por la multi­tud.

Pestalozzi y el pelirrojo pequeño y avieso se apresuraron a disponer todo lo necesario para la función. Esa noche, Zorroarín hacía el Car­comi­do por el Vi­triolo, de efec­to bas­tante agudo, sobre todo entre las muje­res cuyos gritos despa­voridos sona­ban como petardos en los reco­vecos de El Laberin­to y aún afuera, donde los que esperaban para entrar se removían encrespados y nerviosos. El acto era senci­llo, pero la carac­teri­za­ción, para un perfec­cionista como Zorroa­rín, llevaba casi una hora de minucio­so trabajo. Al cabo de ese tiempo, un ser horrible lo miraba desde el espejo. Zo­rroa­rín, satisfe­cho, esperaba la verificación de su eficacia horas des­pués, fren­te a los visi­tan­tes.

Si bien El Laberinto completo se erigía como un monumen­to a la sincronización —hasta un niño podía manejar la botonera que accio­naba poleas, mecanismos y proyectores ocultos—, el responsable principal de la difundi­da fama de la barraca, le gustaba pensar a Zorroarín, era el túnel final. En ese pasaje relati­vamente corto, apenas unos cuatro metros de oscuridad abo­vedada, esperaba a los visitantes una experiencia difícil de definir y también de olvidar. Allí, como les gustaba alardear a los admirados educandos, oculto en un nicho late­ral, al­guien de carne y hueso (el maestro) acechaba el paso de los visi­tantes que, enga­ñados por la apariencia inofen­siva del último tramo del recorrido, reían y se pavoneaban jactansiosos. Según el humor de cada noche y su grado de con­centra­ción en la oscuridad nichal, Zorroa­rín exten­día entonces una garra repen­tina que, ante los ojos desorbita­dos de los que pasaban, parecía surgida de la nada y les acariciaba con helada uña el cuello tierno, o les gruñía en la nuca o, simple­mente, se dejaba ver. Si esto ocurría, espec­tros silen­cio­sos, ensangrenta­dos u horrendos hacían su apa­rición fren­te a los visi­tantes paralizados por el estupor, que se des­bocaban de pronto en invo­lunta­rios gri­tos: el Monje In­qui­sidor en su sillón gótico­, el Carcomido por el Vitriolo o el Tortu­rador de la Gestapo, materializados bajo la luz repenti­na de un ceni­tal, les cortaban el paso dándo­les la bienveni­da al in­fier­no.

Nada tenía que ver esta expe­rien­cia con los muñecos disfra­zados cuyo meca­nismo vacilante y ortopédico queda­ba al des­cu­bierto a la pri­mera mirada e incitaba a la hilaridad. El arte sutil del maes­tro dota­ba a sus aparicio­nes de algo indefi­nible que acerta­ba como un dardo em­ponzoñado en el centro de zonas ocultas y hasta desco­nocidas para los pro­pios visi­tan­tes quienes se abraza­ban o reían histé­ri­ca­mente mientras por sus cuer­pos fluía la adrenalina bombeada por la suprema emo­ción del miedo. Al fin, salían al aire libre entre risitas ner­vio­sas y resopli­dos, humi­llados, ali­via­dos, encandi­la­dos. La fila entera de los que espe­raban para en­trar estiraba el cuello; pero los que deja­ban El Laberinto no de­cían palabra. Sacu­dían la ropa, miraban el cielo con sonri­sa for­zada como el que comprueba si va a llo­ver, y se per­dían por las calles del Par­que, todavía estre­mecidos por una emoción de la que pocos volvían a ha­blar.