PATAGONIA: HISTORIA Y FICCIÓN (*)

 

“Documento histórico y novela: una experiencia de escritura”

Sylvia Iparraguirre

 

 

Introducción

 

Esta comunicación —escrita desde la experiencia literaria, no desde la teoría o la crítica—, intenta comentar las reflexiones que surgieron antes, durante y después de la escritura de La tierra del fuego. Escribí esta novela desde el puro placer de la invención, pero engarzando en ella sucesos reales, ocurridos en el extremo sur de la Patagonia argentina y en las Islas Malvinas hace más de ciento cincuenta años. Si bien hubo determinación ideológica, no así un propósito teórico. No obstante, La tierra del fuego ha sido incluida por algunos críticos (J. P. Neyret (2005); N. Cheadle (2000) dentro de la denominada “nueva novela histórica latinoamericana”[1], y es esa perspectiva la que hoy favorece y justifica estas páginas, cuyo punto central será la dialéctica entre historia y ficción. La búsqueda de información y el hallazgo de documentos, hasta donde sé, desconocidos de la historia patagónica, su traspaso al discurso novelístico y su utilización como parte sustancial de la ficción crearon, a mi juicio, cruces interesantes que excusarán, espero, la incómoda situación en que me pongo: la de un autor hablando de procedimientos de su propio texto. Subrayo que se trata de la vertiente histórica de la novela, no de la literaria; de procedimientos, no de resultados, lo que deja de lado, por improcedente, cualquier tipo de inferencia valorativa. En otro orden, me interesa también esbozar los comienzos de la literatura argentina en el siglo XIX y, en paralelo, los orígenes de una historiografía patagónica que se remonta a un momento muy anterior. Esta doble corriente de escritos, los literarios y los históricos, actúan, a mi juicio, como ineludible escenario de fondo sobre el que se recorta la novela patagónica argentina de fines del siglo XX.

Una salvedad que considero importante. A pesar de haber publicado tres libros sobre Patagonia, a pesar de haber realizado doce viajes a diferentes ciudades y regiones, a pesar de haber recorrido muchas veces, una de ellas palmo a palmo, la Isla Grande de Tierra del Fuego, sigo siendo una escritora norteña, alguien que escribe y publica en Buenos Aires. Por esto mismo, mi acercamiento a la producción literaria local es parcial, asistemática y subjetiva, como lo fue cuando comencé a documentarme para mis libros, a principios de los años noventa. Hoy hay un fuerte movimiento literario patagónico, en especial en poesía, que se canaliza por pequeñas editoriales locales, que prescinden saludablemente de Buenos Aires.[2] No puedo hablar, entonces, por desconocimiento, sobre cómo procesan los escritores regionales los temas de su historia, puedo sólo intuirlo. Por último, y aunque no será tema de estas páginas, debo decir que, más allá de la documentación, en el proceso diurno de la construcción de una novela sólo reinan, para mí, la naturaleza contradictoria de los personajes, la fuerza de la historia y el intento de otorgar cierta belleza a la prosa.

 

 

1.     El pasado: una cuestión de miradas

 

 

La literatura

 

La literatura argentina tiene una fecha de nacimiento y una escena inaugural: la fecha es julio de 1830; la escena muestra el desembarco, en el puerto de Buenos Aires, de un joven vestido, imaginamos, al uso del momento, emulando a la figura que se ha transformado en icono de su generación, la de Lord Byron. El joven es Esteban Echeverría. Cinco años atrás, cuando dejaba la ciudad rumbo a Europa, en el registro de pasajeros, junto a su nombre, ha escrito: comerciante. Ahora, a su regreso, escribe: literato. Frente a él se despliega un país cerril que debe ser cultivado en las dos acepciones del término. Nada en el paisaje y poca historia nacional, salvo el ancla de la revolución de 1810. Dos décadas de desencuentros han llevado al país a la anarquía, a la guerra civil; el interior no quiere sujetarse al mando despótico del puerto de Buenos Aires; Buenos Aires no quiere compartir su preeminencia con las provincias a las que juzga bárbaras. La tarea de Echeverría[3] es fundacional: el país desmesurado que apenas empieza a proyectarse hacia el futuro debe tener, como las naciones civilizadas, una literatura y una jurisprudencia. Y un ideario, una ideología que sostenga los preceptos estéticos y sociales. Pero sobre todo Echeverría mira alrededor con actitud inquisitiva: ¿dónde empieza y dónde termina aquella extensión inabarcable que comienza a llamarse un país, que comienza a llamarse Argentina? Juan Bautista Alberdi, Sarmiento y Mármol, los padres fundadores, se interrogarán sobre lo mismo. Lo que más tarde sería un país fue, durante siglos, un vasto territorio inexplorado. En los orígenes de la nación argentina, se lo conoció como “el desierto”, eufemismo con el que se pretendió ignorar o exorcizar a los pobladores milenarios, nómades que recorrían ese horizonte sin límites. Los escritores de la generación romántica tuvieron clara noción de que una literatura fundante debía incorporar a ese naciente imaginario argentino un territorio real y su paisaje. La pampa se abría para estos pensadores como un desafío a la vez que provocaba una ambigua sugestión. El horizonte plano, circular despertaba en aquellos que llegaban a sus bordes el antiguo y conocido horror vacui. Las respuestas diversas de estos escritores van a marcar de manera cronotópica los momentos iniciales de la literatura argentina y van a coincidir en la traslación de lo inabarcable a lo accesible en el papel: la acotación imaginaria de un paisaje, la fundación de una territorialidad literaria, el ensayo de una explicación ante el dominio del vacío; van a coincidir en la necesidad de colmar esa nada con filosofía, con interpretaciones, con palabras. Crear un discurso ficcional, ensayístico, que opere como la sutura de los bordes interminables. Echeverría, dio el primer paso con su poema romántico La cautiva en la representación de ese espacio todavía sin cartografía precisa y de su habitante “invisible”: el salvaje.

Yendo a la historia, el territorio, librado a sus propias reglas naturales, ha generado un tipo de vida nómade semicivilizada cuyo emergente es el gaucho, y, amparado en él, utilizándolo, un caudillismo endémico cuya figura paradigmática es Juan Manuel de Rosas. Escenográficamente, al territorio sin límites, al desierto poblado por “el salvaje”, debemos agregar este personaje central. Entonces, aquel primer gesto de nuestros escritores hacia lo telúrico, hacia el salvaje y el gaucho como habitantes naturales de esas extensiones y como inapreciable color local, adecuado a la estética romántica y a la mirada posible del lector europeo, ese gesto se congela y cede rápidamente a una urgencia mayor, al requerimiento de la hora. Rosas, a quien esta generación que pronto se llamará “los proscriptos”, había otorgado un débil voto de confianza al considerarlo el “hombre providencial”, tiene ahora la suma del poder público y ejerce la censura y la represión sangrienta contra sus adversarios políticos. Desconfía de estos jóvenes ilustrados a la europea y no cree que se reúnan a hablar de literatura. Muchos empiezan su exilio. Apenas nacida, la literatura se pone a los pies de una causa: destituir a Rosas, conspirar contra él. La literatura argentina —El matadero; Amalia; Facundo— nace como literatura política, por momentos, panfletaria. Se escribe para ubicar en el discurso a personajes reales, para desacreditarlos, para mostrar a las víctimas, para denostar un régimen, para desprestigiar, para ensalzar un estilo de vida contrapuesto. Se incorporan al cuento y a la novela personajes y situaciones de la realidad inmediata. ¿Nace entonces, la literatura argentina como literatura histórica? ¿La novela histórica del siglo XX debe reconocer aquella marca inicial? A mi juicio, la respuesta es negativa. En los textos fundacionales, no hay distancia histórica entre hechos y personajes reales y la ficción que los repone en el papel. Rosas está vivo mientras Echeverría escribe El matadero y Mármol Amalia. Para que un hecho adquiera categoría de histórico debe, a mi juicio, experimentar el tiempo suficiente que permita sancionarlo por consenso, que  permita al “lector reconocerlo como perteneciente al discurso histórico” [4]. Este conflicto acerca de lo histórico de los personajes y lo político de la intención se presenta de manera evidente en Amalia, la primera novela argentina, a la que Mármol llama “ficción calculada”, y cuya intención es crear en el lector la ilusión de la distancia histórica, la sanción del tiempo sobre Rosas.

En estos primeros momentos tormentosos, ¿existió —¿pudo existir?— lo que, de una manera harto abarcativa, llamaré la mirada argentina sobre el país, aquella que se posó sobre el paisaje y sus habitantes? A pesar de buscar una fórmula de adaptación, la que detentan nuestros primeros escritores está veteada de la mirada del otro europeo; está atravesada por lecturas que proponían una óptica cuyo término de comparación era la del país civilizado, aquel que debíamos llegar a ser. Alberdi, Echeverría y Sarmiento no sólo ven el país y lo viven, sino que lo leen en los relatos de los viajeros, especialmente ingleses[5]. Pero la biblioteca europea que les dicta modelos románticos o fórmulas de interpretación sucumbe a la fuerza de la naturaleza americana, al torbellino ineludible del país en gestación: paradójicamente el tiempo juzgó que sus páginas más memorables serían aquellas escritas con urgencia de praxis, las que nada deben a un estereotipado canon romántico[6]. Entre la mirada letrada y la mirada desnuda, los mejores momentos de la literatura argentina inicial se deben a la última: la imagen de Facundo en la travesía riojana, la escena goyesca de El matadero, el capítulo de la presentación de Rosas, en Amalia.

La mirada propia en la literatura argentina nace como conflicto y está marcada por esa triple tensión: la de incorporar una frontera, la de incidir políticamente sobre la realidad, la de ir ajustando una mirada no contaminada sobre el país; si se quiere, una mirada nacional, con todo lo de ambiguo que pueda tener el término. Proyectándonos hacia el futuro, una síntesis de estas dos miradas va a estar presente en el magistral estilo de Borges.

Volviendo a la historia, esa mirada de la que hablo no es ingenuamente homogénea. Sus conflictos y quiebres en la búsqueda de un enfoque autóctono en el cruce entre historia y ficción  pueden verse con mayor claridad si la situamos en el tiempo y en un contexto más amplio. Históricamente, América Latina produjo la emergencia de relatos insurgentes o contra—relatos, aquellos que comenzaron a resquebrajar desde adentro la hegemonía de la gran narración colonial y luego imperial, en un proceso que tan claramente ha explicado Edward Said (1996).[7] Para dar un ejemplo, cuando, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, entran por Colombia los llamados “papeles franceses”, es decir la traducción de la Declaración de los Derechos del Hombre. La circulación clandestina del ideario de la Revolución francesa, permitió la gestación de los que llamé provisoriamente contra—relatos (de géneros diversos: poesía popular, cartas, autobiografías) que gestaron y sostuvieron las luchas de emancipación.

 

 

La historia.

 

Tres siglos antes de la imagen del joven Echeverría desembarcando en el puerto de Buenos Aires, podemos imaginar otra escena inaugural, la que cifra la entrada de la Patagonia bajo la mirada de occidente: 1520, las naves de Magallanes navegando sin certeza hacia un ignorado sur. Sofocando sangrientos motines, el capitán portugués porfía en encontrar el paso interoceánico y al fin lo logra. En los tres siglos siguientes, el inconmensurable territorio seguirá siendo una incógnita. Apenas se conocen sus costas y algunos pasajes. Salvo indispensables desembarcos, este contacto será muchas veces puramente visual: la línea de los acantilados, las ballenas, los animales desconocidos, los fuegos de la costa. La mirada del europeo proyecta sobre lo nuevo sus construcciones mentales y la ve, así, poblada de seres mitológicos, como las sirenas que creyeron divisar los marineros de Francis Drake; o los tehuelches, llamados patagones, asimilados a los gigantes como figuras residuales de un imaginario medieval de novela de caballería, presentes, sin duda, en las configuraciones mentales de aquellos hombres atónitos que también buscaban, entre los pasajes helados, la ciudad dorada de los Césares. Como señala Giorgio Agamben[8], cuando lo que se ve pertenece al orden de lo extraordinario, no puede trasformarse en experiencia compartible. La mirada de los navegantes legendarios sufre curiosas distorsiones e ingresa en los relatos ya contaminada de elementos fantásticos. A esta mirada ilusoria, productora de relatos fabulosos, se le suman otro tipo de versiones de circulación simultánea, esta vez de propósitos políticos y económicos, pero no por eso menos excesivas o quiméricas. En la lucha feroz por el dominio marítimo que llevan a cabo las dos potencias más poderosas de la época —España e Inglaterra—, la posesión del paso interoceánico es decisiva. La precaria cartografía española que consignaba la situación del estrecho pasó a ser secreto de estado; por ley, España prohibe contratar marinos extranjeros para las expediciones. Una fábrica de rumores propaga todo tipo de versiones que van a sumar aún más misterio al aura creada por los primeros navegantes. Tal vez valga la pena citar una de las variantes más pintorescas que la inteligencia española echó a rodar: proclamaba que unos vientos de furia, acompañados de maremoto, habían arrancado una isla de sus cimientos y que ésta había caído precisamente en la boca atlántica del estrecho, obturando su entrada para siempre. De esta maraña de relatos azorados, memoria inventiva e imágenes improbables, emerge, como una diosa soberbia y aún sin nombre, la Patagonia, por primera vez ante los ojos del mundo, envuelta en la bruma de la leyenda. ¿Y dónde quedan asentadas estas visiones y versiones, cómo adquiere cuerpo esta escritura?

Abrupta, entrecortada, feroz, heroica, interrumpida por largos silencios, la historia de la Patagonia fue un registro de encuentros esporádicos y siguió, errática, hasta mediados del siglo XIX. En consecuencia, la historiografía patagónica nace y continúa durante tres siglos como escritura heterogénea y fragmentaria, que irrumpe en cuadernos de bitácora, relatos de viajeros, reportes misioneros, informes científicos, balances comerciales de barcos foqueros y balleneros. Variantes todas que confluyen en lo inefable, en la leyenda, en síntesis, en la construcción del mito. Corriente tumultuosa y diversa que se articula en base a dos elementos constantes: el punto de vista y una escena recurrente. El punto de vista es siempre el mismo: el del extranjero blanco, el del viajero de ultramar. La escena repetida es la del choque étnico; el espectáculo del otro distinto que no se puede asimilar. La mirada europea será incapaz de proveer a estos grupos humanos de un mínimo lugar de pertenencia simbólica. Excluidos de todo sistema cultural, quedaron confinados al cuerpo, a la pura animalidad. Para el viajero blanco, los habitantes de los confines apenas alcanzarán, en el mejor de los casos, el estatuto humano.

La masa de escritos que empezó siendo la historia patagónica, se canalizó en un género predominante: el libro de viajes. Todo viajero de importancia que volvía a Europa desde las zonas exóticas del globo, escribía un libro; la expansión imperial del siglo XIX requería de constantes y variadas expediciones y del asentamiento por escrito de su ejecución y grandeza; por otra parte, si era el caso que la expedición o viaje comercial fracasara, se tenía aún la posibilidad de triunfar con la publicación de un libro [9]. Libros que acuden a consolidar y ejemplificar la historia que se escribe desde el centro del mundo. Nadie la contradice. Menos que nadie el lector europeo que se ha convertido en un consumidor ávido de los bizarros relatos de ultramar, a los que otorga completa veracidad. También de los extraordinarios esfuerzos de conocimiento plasmados en libros científicos como el de von Homboldt o el de Darwin. En ambos casos, la mirada es la misma. Por su lado, el joven lector americano, lee estas representaciones de su propio país y se sirve de ellas, en parte porque no está en condiciones de refutarlas, en parte porque son la primera materia de la cual podrá servirse cuando elabore su propia historia, en parte porque son relatos minuciosos de hechos y costumbres que incluso tal vez desconozca. Tampoco es posible que acceda claramente a la paradoja de que quienes le brindan, desde el lugar desinteresado del libro, un saber y una información tan valiosa sobre su propio país son aquellos que tienen, a veces, el mayor interés en expropiárselo.

Pero si la pampa en su extensión cercana a Buenos Aires pudo ser expresada con palabras, de algún modo poseída por la palabra de la literatura que le dio nombre y forma y la instaló en el naciente imaginario nacional, la Patagonia continuó desconocida, imperturbable, durmiendo su largo sueño de hielo y viento. Fue sólo a fines del siglo XIX que entra de lleno en la historia oficial. Su ingreso no es pacífico. Como toda colisión de mundos su choque fue estremecedor y de largas consecuencias. En la desigual lucha contra el embate occidental, los grupos humanos que habían vivido en ese inexpugnable territorio desde trece mil años atrás, sucumbieron al inexorable paso de la historia. Es hacia fines del siglo XIX, cuando la extensión legendaria de la Patagonia cambia y se transmuta en materias codiciables (oro, ballenas, focas, campos para el ganado), que la historia comienza a escribirse de otro modo. En el norte, el Río Negro es aquella frontera que se quiere alcanzar y dominar. Es el triunfo de una racionalidad moderna: la expedición al desierto del general Roca de 1879, bajo el gobierno de Avellaneda, responde a la necesidad de construcción del estado argentino. Es necesario incorporar el vasto territorio del sur, “la patria pendiente”. Uno de los pilares de esta construcción es la territorialidad (la misma que fundamenta la expedición al Chaco, de Victorica, poco más tarde), base que toma toda su dimensión dentro del  marco económico internacional: el reciente invento francés del enfriamiento de las carnes abre enormes posibilidades mercantiles para las que se necesitan campos de pastoreo, para lo que se necesita expulsar o exterminar a los habitante de “el desierto”. Dentro del marco político, la expedición atiende a un conflicto de límites con Chile; demuestra, además, la existencia útil de un ejército nacional que importa tecnología militar nueva (se usa por primera vez el fusil Remigton a repetición) y al que acompañan hombres de ciencia, peritos, ingenieros, geólogos y periodistas que dejarán constancia de la empresa. Escribe uno de ellos, sintetizando el espíritu del proyecto: “La conquista es santa; porque el conquistador es el Bien y el conquistado es el Mal. Siendo santa la conquista de la pampa, carguémosle a ella los gastos que demanda, ejercitando el derecho legítimo del conquistador” [10], un eco de esta lógica llega hasta hoy de una manera curiosamente nítida. Ya no es más la mirada literaria o romántica, la de la apropiación simbólica, la que se extiende sobre la tierra concreta, barrida por el viento: es una mirada pragmática. El contacto con la tierra es real, se la mide y se la analiza; se especula con ella. Los hombres de la expedición proyectan una mirada argentina sesgada por el ideal sarmientino: la construcción de una nación civilizada, ideal que refiere a otro requerimiento: instalarse en el concierto de las grandes naciones. Esto en el extremo norte de la Patagonia, en el Río Negro. En su extremo sur, en la Tierra del Fuego, no hubo ningún plan; la brutalidad de la ocupación fue acorde a un territorio remoto y sin ley, en el que loberos norteamericanos y buscadores de oro como Julius Popper no ejercieron ninguna mirada, salvo la de la apropiación y el asesinato.

En medio de todo ese ruido y furor, los habitantes patagónicos, los invisibles pobladores de “el desierto”, no sólo seguían siendo indignos de figurar en ninguna historia sino que, acorralados por las expediciones, los buscadores de oro y los estancieros, empezaron a sentir el peso de su destino inexorable: el de la extinción. La antropóloga Anne Chapman ha escrito estas palabras que, aunque destinadas a los yámanas de Tierra del Fuego, encierran el melancólico eco de un epitafio general: “Sabían lo que los extranjeros buscaban: sus almas, sus tierras, sus imágenes en fotografías, los moldes de sus cuerpos, las palabras de su lengua, el oro, las ballenas, las focas, las pieles de nutria, todo, salvo ellos mismos.”

 

 

El presente

 

La aparición a fines del siglo XX de una creciente literatura argentina y chilena que toma como tema el territorio y sus avatares tiene múltiples lecturas y múltiples significaciones. El ámbito patagónico sigue siendo para los nuevos escritores una simultaneidad de cosas: un lugar en el mapa, paisaje real con su indudable halo de exotismo, lejanía y misterio y, al mismo tiempo, un territorio intangible, un espacio virtual en el que los discursos de la ficción y de la historia se sobreponen e intersecan. Pero es sobre todo el escenario donde han ido surgiendo nuevas voces; la mirada única que cimentó el “mito patagónico”, comienza a resquebrajarse y a compartir el espacio que antes ocupaba por completo con otras miradas, otras historias. No se trata de una exclusión sino de una convivencia. Son  contra—relatos que otra vez optan por la diversidad genérica: cine, periodismo, poesía, narrativa. La novela histórica patagónica de fines del siglo XX viene a formar parte, decididamente, de esta corriente.

No voy a considerar aquí, por razones de tema y espacio, cuestiones tales como, el auge de la ficción histórica creada por el mercado editorial,  como tampoco un fenómeno de recepción alrededor de la literatura patagónica basado en lo anterior, y al que podríamos llamar, provisoriamente,  nuevo exotismo del frío. Lo que sí quisiera mencionar  es que la tradición de escritura a la que me referí anteriormente consolidó un mito cuyo recurrente misterio traza una línea en la literatura universal y así, la Patagonia, reaparece desde las páginas de Herman Melville hasta las de Julio Verne, desde las de Malcolm Lowry hasta las de Blaise Cendrars, por mencionar sólo algunos y disímiles autores. Lecturas presentes, como las de Payró y Arlt, en la memoria del escritor.

 

En la literatura chilena existe una tradición más amplia y antigua de textos patagónicos, donde se destaca la figura pionera de Francisco Coloane. Tomo a título de ejemplo de ese país El corazón a contraluz (1996), de Patricio Manns[11]. Pero sobre todo pienso en la muy hermosa novela del escritor argentino Eduardo Belgrano Rawson Fuegia (1991) [12]. Fuegia trata, como La tierra del fuego, del extremo sur patagónico. Voy a recortarlas, entonces, sobre aquel fondo inicial que tracé porque en ambas descubro inclinaciones semejantes. El primer movimiento es igual: la apropiación simbólica de un territorio, de esa última frontera, para la literatura. El paisaje ingresa en los dos textos de manera determinante, pero con una diferencia sustancial, paradójica: en términos de sus primeros habitantes que ya no existen como pueblos, la Patagonia es, ahora, “el desierto”; lo que hace el escritor de fin de siglo XX y comienzos del XXI es reponer al ausente, ir en su busca. El que fuera “el salvaje” es ahora el habitante natural del lugar, acosado por fuerzas que desconoce. Esta reposición del personaje y su circunstancia, marca una de las claves de la novela histórica patagónica, el punto donde opera la lectura desarticuladora que el escritor ejerce sobre la tradición literaria y sobre la historia. No se trata sólo de un cambio de punto de vista. La mirada que vuelve a extenderse sobre el territorio ha ejercitado la desconfianza sobre la versión de los viajeros y se sustenta en una actitud escrutadora y crítica de las versiones tradicionales, en el descubrimiento de la entrelínea, en la descomposición semántica de las intenciones.[13] En términos concretos, frente a lo escrito y sancionado por la historia, se adopta la mirada del que, por pertenecer a una cultura ágrafa, no dejó testimonio. Se construye, en definitiva, una nueva manera de leer el pasado.

Ese proceso de desconstrucción no es nuevo. Hago la salvedad de que, a partir de este punto, hablaré sólo por mí experiencia; no puedo dar cuenta, por desconocerlos, de los caminos que siguió el autor de Fuegia. Decía que la lectura desarticuladora no es nueva. La teoría y la crítica han tratado en amplitud “la nueva novela histórica hispanoamericana”, denominación que, utilizada fuera de contexto, puede englobar títulos por demás heterogéneos. Es indudable que la escritura de la historia ha estado, en un sentido tradicional, unida al poder. La disposición a revisar temas clausurados por la historia oficial parte, como mencioné, del resquebrajamiento de los discursos hegemónicos y no es en absoluto algo novedoso, ni para la literatura ni para la historiografía. La escuela de los Annales, alrededor de los años treinta, experimentó lo mismo y produjo un cambio copernicano en el modo de concebir la historia. La literatura, por su parte, lo hizo desde siempre ya que, el escritor es, paradigmáticamente, el primero en desconfiar y minar el discurso del poder. No es éste el lugar para enumerar la larga serie de libros que han cuestionado el poder oficial en sus variadas manifestaciones. Es casi la historia de la literatura misma. A modo de ejemplo algo espectacular, remito a Gargantúa y Pantagruel y al seminal trabajo de Mijaíl Bajtín sobre Rabelais y la cultura popular. En América Latina, basta mencionar El siglo de las luces, de Carpentier o Yo, el Supremo como ejemplos notables de esa relectura de la historia hecha por ojos latinoamericanos. En la Argentina, y en cuanto a mí se refiere, miré el espejo rector de una tradición y de una serie que, a partir de los años sesenta, revisó el siglo XIX y dio novelas como Sota de bastos, caballo de espadas, de Héctor Tizón, La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera o Zama, de Antonio Di Benedetto. Novelas que han buceado en la urdimbre del tiempo, que han desmontado y vuelto a armar el discurso heroico nacional, como en el caso paradigmático de Tizón, y su antihéroe ejemplar en la figura de Manuel Belgrano.

Cito a Carlo Ginzburg, a quien llegué precisamente a través de Bajtín: “Antes era válido acusar a quienes historiaban el pasado, de consignar únicamente las “gestas de los reyes”. Hoy día ya no lo es, pues cada vez se investiga más sobre lo que ellos callaron, expurgaron o simplemente ignoraron. ‘¿Quién construyó Tebas de las siete puertas?’ pregunta el lector obrero de Brecht. Las fuentes nada nos dicen de aquellos albañiles anónimos, pero la pregunta conserva toda su carga.”[14]

Ginzburg, su concepto de microhistoria, fue una lectura enormemente sugestiva para mí. El escritor se nutre de todo lo que lee; compara, revisa y descubre analogías, coincidencias, y, sobre todo, confirma. Ya había escrito la novela, pero sentí que por lugares diferentes este tipo de historiografía se tocaba con mi intención, aquella que pretendía dar voz o lugar al que no lo tuvo; la que intentaba, como en mi caso, conjeturar aquella mirada que fue sistemáticamente excluida: la del actor periférico, la del marginal, la del que viene del borde del mundo, del tercer mundo si me admiten la extrapolación, y se enfrenta con la metrópolis, con el poder imperial. Salvando las inmensas distancias, estaba en el camino que, desde el lado de la micro historia había trazado Guinzburg con El queso y los gusanos.

El poder no se presenta siempre bajo el título rimbombante del poder político; muchas veces es el poder silencioso de las instituciones, y muchas otras veces, instituciones a las que ni siquiera se les puede enrostrar una intención perversa, como es el caso de las misiones religiosas en Patagonia. En el caso de La tierra del fuego, ese fue un punto lleno de ambigüedad, el de la Misión Patagónica. A fines del siglo XIX los misioneros anglicanos ingleses y luego los misioneros salesianos dan cuenta, al instalarse en territorio patagónico, de otro tipo de experiencia que no es la del salvajismo y las armas. No obstante, el interés religioso por los  indígenas, aunque sincero, tuvo para esos pueblos consecuencias tan determinantes y fatales como las armas. Cercados por los fusiles de los hacendados y de los buscadores de oro, los indígenas se refugiaban en las misiones, donde eran recibidos y protegidos; pero el costo era alto: debían renunciar a su lengua y a sus creencias, al fin, a su identidad. En 1854 se instala en el archipiélago de Malvinas, en la pequeña isla Keppel, la  primera de todas que fue la Misión anglicana patagónica. Desde allí, zarpaba un barco hacia el Cabo de Hornos, distante unos 400 kilómetros, a buscar indígenas y transportarlos a la base  misionera. Si no había indígenas, no había razón de sostener allí, en los confines del imperio, una misión. Los métodos para traerlos, entre los que se mencionó el de “comprarlos”, creó una tensión muy grande en el pueblo yámana. La situación conflictiva culminaría en una catástrofe largamente anunciada: la masacre de toda la tripulación de un barco misionero. En este marco, aparece el personaje central de esta historia. Vayamos a él.

Descubrí la historia de JemmyButton en una nota al pie. Su vida se apretaba, como les gustaría a Borges y a Quevedo, en la “breve cárcel” de una noticia infra; en la letra pequeña. Tiempo después, la peripecia de Button me la dio la antropología y no la historia. Estaba, completa y desplegada, en Los yámanas, uno de los tomos de Los indios de Tierra del Fuego, del jesuita antropólogo Martín Gusinde, un hombre honda y humanamente comprometido con el destino final de los yámanas. Gusinde había convivido con los últimos sobrevivientes entre 1919 y 1923. Perseguí a Buton por bibliotecas y archivos: su sombra se escurría, sus apariciones eran fugaces, fantasmáticas, confusas, parciales, pintorescas. En un momento, como saliendo de la niebla, reapareció con una fuerza abrupta, con la incontrastable potencia de lo real, en el estilo seco y escueto del cuaderno de bitácora del capitán Robert FitzRoy, del Almirantazgo Británico, tan escaso de atributos como los datos sobre la temperatura o el cuadrante de los vientos y, precisamente por eso, enormemente vívido. La última parte de su vida, los acontecimientos trágicos que lo llevaron a presentarse voluntariamente a la investigación en las Islas Malvinas, acusado de una masacre de blancos, no la encontré en la Argentina sino aquí, en Inglaterra, en el Public Record Office, de Londres; la declaración de Button, estaba en un libro de la Biblioteca de la Misión. En un arco que consideré extraordinario, Buton saltó de la nota al pie al centro del imperio más poderoso del siglo XIX. En la realidad, este tránsito no fue tan espectacular: Button estuvo siempre signado por la transparencia, casi por la invisibilidad ¿quién fue realmente, llevado y traído, educado y vestido, enseñado y civilizado, vuelto a traer y, al fin, desnudo otra vez, de regreso definitivamente en el Cabo de Hornos? Este interrogante me arrastró detrás de su vida; y el interrogante inmediato posterior: ¿cómo era la civilización occiental vista por los ojos del otro, en el sentido de Todorov, el otro casi absoluto? Un hombre del Cabo de Hornos, trasplantado a la ciudad más grande de occidente en el siglo XIX. La mirada novelística empezaba a contaminar el suceso real. Yo quería escribir una novela, ficción. Encontré la ficción en el personaje de John William Guevara y en toda su historia imaginaria, su genealogía, su hibridación, su condición de gaucho rubio, su bilingüismo: el narrador de los hechos. Allí comenzó a existir el texto como texto novelístico.

Cuáles fueron, entonces, las relaciones que, un poco por instinto narrativo, un poco por sentido común y, de manera determinante, por respeto a ese pueblo hoy extinto que fueron los yámanas, establecí entre los documentos y la ficción. A lo largo de la búsqueda, investigué que, salvo para especialistas, para revistas de historia o en puntuales apariciones en publicaciones locales (fueguinas) esa historia de un yámana frente a la ley británica no existía para el discurso oficial de la historia argentina. En términos generales, Button se presentaba como un caso más dentro del consabido viaje colonial de la periferia al centro, como “muestra”, su nombre siempre subsidiario del de FitzRoy y del de Darwin. Aparecía sí en una novela de 1949, titulada JemmyButton del chileno Benjamín Subercaseaux[15], espeso libro casi bilingüe donde Button, bajo una mirada que reproduce exactamente la del viajero inglés, es un indígena bastante simpático, con muestras de inteligencia y en aras de civilizarse. No tuve un acceso a ninguna versión historiográfica de Button porque no la había; tuve un acceso antropológico a su historia. En el siguiente paso me encontré directamente frente a los documentos, sin ninguna intermediación. Verlos, leerlos, me causó una profunda impresión: allí estaban, en letra manuscrita, declaraciones, razones y argumentos de los hombres que lo habían rodeado y conocido, de los hombres que lo acusaban de liderar una masacre contra blancos y del único hombre que lo defendía. Escritas en Londres, entre 1859 y 1860, esas cartas, sus frases trazadas por la pluma de ganso, ejercían un magnetismo singular: hablaban desde el pasado con una fuerza mayor que cualquier versión moderna de los hechos. Y los hechos eran que la muerte de los misioneros y de la tripulación ponían en tela de juicio, frente a la Oficina Colonial, el accionar de la Misión Patagónica en ese extremo del mundo. Hubo una investigación alrededor de la masacre, de la participación de Button en ella, y del comportamiento de la Misión Patagónica con los nativos. Como resultado, los implicados enviaron cartas al duque de Newcastle, secretario de estado y jefe de la Oficina Colonial, en Londres. Fueron cinco tipos de documentos: a) las declaraciones de JemmyButton y Alfred Coles, recogidas en el libro del misionero Stirling; b) un informe de los hechos (del Reverendo Despard); c) cartas originales (las de Parker Snow); d) cartas reproducidas en libros contemporáneos a los hechos (la de la señora Despard); y e) cartas publicadas por el diario TheTimes, el 9 de noviembre y el 10 de diciembre de 1859, de Parker Snow y del ex gobernador de las Islas Malvina, Ronnie. Si el rasgo principal de la carta como género es la confidencialidad, la privacidad, éstas carecieron de ellos desde el primer momento: fueron cartas vistas y comentadas por archiveros y secretarios, que atañían a un caso público, cartas políticas y legales enviadas a una repartición oficial de gobierno, cartas que figuraron, al menos por dos veces, en el Times.

En Malvinas sólo estuvieron JemmyButton, Alfred Coles, único sobreviviente, el gobernador Moore y el capellán de las islas. Pero, a través de estos documentos, llegaban a mis manos las propias voces de los implicados bajo la forma de sus explicaciones y descargos. Para poder incorporar esa invalorable documentación que hablaba por sí misma con mayor fuerza que cualquier relato de sus contenidos que yo pudiera hacer, forcé los términos desde la ficción y creé el ámbito de un juicio oral y público donde no lo hubo; no forcé los hechos ni las palabras. Puse a los remitentes de esas cartas y declaraciones de pie, hablando, pronunciando exactamente las mismas frases que habían escrito. Sin duda, un documento, cuando pasa a formar parte parte de una novela, sufre la modelización que le provoca la nueva configuración discursiva; sacado de su contexto “real”, se reideologizaal establecer nuevas relaciones de sentido con el contexto en que se encuentra. Las cartas se adaptaron y  resignificaron en su nuevo lugar que ya no era más “la realidad”, sino un nuevo espacio abierto entre palabras, una nueva instancia de lo real, esa realidad a la segunda potencia que es una novela, con sus propias reglas y sus propias configuraciones de sentido. La estentórea voz del capitán Parker Snow  acusando a la Misión de manejos poco claros en lo económico y de crueldad con los nativos a quienes, sostiene, “trataban como a esclavos”, resonaba en las cartas y llegaba hasta el presente de la escritura con tanta fuerza que fue natural situarlo ante un jurado. Sus palabras acusatorias se volvieron más libres en su significación. Como las de Despard, el jefe misionero, más reticentes y abrumadas y, por qué no, dolidas. El texto de la novela trató de crearles un ámbito de existencia verosímil, intentó ejercer sobre ellos una modificación sustancial, la de reactualizarlos, la de instalarlos en el presente imperfecto de la novela. Todo esto para que dejaran de ser letra muerta en un archivo y ejercieran un influjo determinante sobre el desarrollo de la trama novelística. Sobre todo, la ficción intentó crear un ámbito espacial donde, por primera vez, se contraponían, en presencia, esas personas con el acusado, JemmyButton, quien daba, a su vez, su  propia versión de los hechos. Estos documentos, finalmente o al principio de todo, venían a sostener mi intención primordial, incluso antes de empezar a escribir: esta no era la historia del “buen salvaje”, no era la historia de buenos y malos, de perversos e inocentes. La historia no es en blanco y negro, y los hechos deben hablar por sí mismos. Sólo sabía una cosa de antemano: que el contacto del pueblo de Button con la llamada “civilización occidental” había producido un hecho incontrastable: su desaparición. Los documentos corroboraron todas las hipótesis, es más, se levantaba de ellos, con más fuerza que cualquier tesis, los manejos, las posiciones y los desatinos de los blancos que llegaron hasta Patagonia como ignorantes absolutos de quiénes eran los hombres con los que se iban a encontrar. Volvía a ejercerse la misma mirada, sostenida esta vez por la idea santificada de la evangelización.

Escribe TzvetanTodorov en El descubrimiento de América — El problema del otro[16]: “He elegido contar una historia. Más cercana al mito que a la argumentación, se distingue de ellos en dos planos: primero porque es una historia verdadera, y luego porque mi interés principal es más el de un moralista que el de un historiador; el presente me importa más que el pasado. A la pregunta de cómo comportarse frente al otro, no encuentro más forma de responder que contando una historia ejemplar.” Al novelista, como a Todorov, también el presente le importa más que el pasado, ya que escribe en y desde el presente; le interesa el efecto que su novela pueda causar, su posible metáfora, más que la veracidad incontrastable de los hechos históricos que toma. En definitiva y como es lógico, le interesa que los hechos hablen a través de la eficacia del estilo, de la belleza de la prosa, de la verosimilitud de los personajes. Encuentro en la frase de Todorov como la síntesis más íntima de lo que intenté hacer. No hablo de resultados literarios, hablo solamente de la historia real de JemmyButton cuyo nombre verdadero fue OmoyLume: A la pregunta de cómo comportarse frente al otro, no encuentro más forma de responder que contando una historia ejemplar. Por caminos recónditos, esta aseveración de Todorov toca una de las vetas subterráneas, uno de los núcleos primarios y no formulados de la primera intención de escribir esta novela. Los indígenas a los que alude La tierra del fuego han desaparecido hace mucho tiempo, sólo quedan algunos descendientes. No obstante, otros pueblos indígenas de América latina, luego de siglos de saqueos, ingresaron y permanecen, hermanados en la extrema pobreza, junto a millones de blancos, sumergidos en las clases más subalternas y desposeídas de los países latinoamericanos. Esto sucede hoy. Si de algún modo, una lectura posible de La tierra del fuego señala hacia allí, su destino como libro que intentó reflejar parte de la historia real de un hombre real estará cumplido.

 

 

 

 

 

(*) Esta comunicación fue escrita especialmente para la apertura del congreso internacional realizado en la Universidad de Manchester, UK, bajo el título: “Patagonia: mitos y realidades” (2—4 de septiembre de 2005).

Auspiciaron: la School of Languages, Linguistics and Cultures (University of Manchester), el IRCLAS (Interdisciplinary Research Centre for Latin American Studies, University of Exeter), la SLAS (Society for Latin American Studies) y el Instituto Cervantes.

 

 



[1]Neyret, Juan Pablo (2005). “De alguien a nadie. Metáforas de la escritura de la historia en La tierra del fuego, de Sylvia Iparraguirre”, en revista electrónica de estudios literarios Espéculo, Año X, Nº 29, marzo—junio.Universidad Complutense de Madrid http:www.ucm.es/info/especulo/numero29/sylviaip.html.

Cheadle, Norman (2000): “Rememorando la historia decimonónica desde La tierra del fuego (1998), de Sylvia Iparraguirre”. En Lady Rojas—Trempe y Catharina Vallejo (eds.): Celebración de la creación literaria de las escritoras hispanas de las Américas, Ottawa, Girol.

[2] Menciono, a título de ejemplo, Libros Celebrios, de Neuquén; Ediciones Genpin, Neuquén; Ediciones en Danza; Fondo Editorial Provincial, de Chubut; Ediciones de la Cruz del Sur

[3] Para precisiones sobre Echeverría y la poesía romántica argentina, ver: Jorge Monteleone: “La hora de los tristes corazones—El sujeto imaginario en la poesía romántica argentina”, en Historia crítica de la literatura argentina, Tomo 2: La lucha de los lenguajes, Emecé Editores, Buenos Aires, 2003.

[4] Este es un punto de amplio debate en la teoría sobre historia y ficción. Ver: Elisa Calabrese: “Historias, versiones y contramemorias en la novela argentina actual”, en Itinerarios entre la ficción y la historia, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1998; a este texto pertenece el encomillado.

[5] Ver: Adolfo Prieto: Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina 1820—1850, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1996.

[6] Ver: David Viñas: Literatura argentina y política— De los jacobinos porteños a la bohemia anarquista,  cap. “Mármol y los dos ojos del romanticismo”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1995.

[7] Ver: Edward W. Said: Cultura e Imperialismo, Anagrama, Barcelona, 1996.

[8] Giorgio Agamben, Infancia e historia. Destrucción de la experiencia y origen de la historia, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2003.

[9] Ver: Claudia Torre: “Los relatos de viajeros”, en Historia crítica de la literatura argentina. Tomo 2: La lucha de los lenguajes. A Claudia Torre pertenece el giro, citado más adelante: “la patria pendiente”.

[10] Manuel Fernández López: Los nuevos dueños del desierto (citado en Historia argentina y el mundo contemporáneo, de Alonso, Elizalde y Vázquez, Editorial Aique, Buenos Aires, 1994). Para el mismo tema: Diego Abad de Santillán, Historia Argentina, Tomo 3, cap. “La conquista del desierto” y Carlos A. Floria y César García Belsunce, Historia de los argentinos, Tomo 2, 4ª parte, Editorial Larousse, Buenos Aires, 1996.

[11] Patricio Manns, El corazón a contraluz, Emecé Editores, Buenos Aires, 1996.

[12] Eduardo Belgrano Rawson, Fuegia, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1991.

[13] Al respecto y como dato que corrobora la vigencia del tema, remito al libro de poemas No era un viajero inglés, de Raúl Mansilla en el que “la mirada fluye casi distraídamente sobre aquello que conoce y ama como propio”. Comentario bibliográfico de Pablo Pérez Chiteri para la revista literaria El camarote, número 5, Viedma, 2005.

[14] Carlo Ginzburg, El queso y los gusanos, Muchnik Editores, Barcelona, 1991.

[15] Benjamín Subercaseaux, JemmyButton, Ediciones Ercillia, Santiago de Chile, 1950.

[16]TzvetanTodorov, La Conquista de América — El problema del otro, Siglo veintiuno editores, México 1992