Postales desde el borde

Sylvia Iparraguirre

 

(Cuatro columnas publicadas en la revista Viva, de Clarín, enero de 2014)

 

 

I

Patagonia: espacio de la utopía.

 

 

Desde su descubrimiento en 1520, la Patagonia proveyó a Europa no sólo de riquezas materiales sin fin, sino de la sustancia intangible de los relatos fantásticos. La mirada supersticiosa y distorsionada de los marineros de Magallanes da forma a la primera versión del territorio que tendrían los europeos y, de ese modo, ingresó a la historia de Occidente bajo la forma de un relato mítico. Solo pocos, y mucho más tarde, conocieron la verdadera realidad del inmenso corredor de vientos que terminaba en el temido Cabo de Hornos; y solo muy pocos se interesaron por sus habitantes ancestrales. Así inició la Patagonia una curiosa existencia dual. Ese fue su atractivo y su marca de perduración: una historia en la que se mezclaron la realidad y la leyenda. Sobre su estepa se proyectaron ambiciones de todo tipo, desconocedoras de una realidad dura y hostil, marcada por el clima extremo. El común denominador de esas ambiciones fue, en primer término, el desconocimiento, y detrás de esto lo que se daba por hecho, la supuesta disponibilidad de un espacio remoto, vacío y exótico.

Precedido por esa aureola de leyenda, el territorio generó en ciertas mentes europeas del siglo XIX todo tipo de desvaríos. Algunos lectores, sofocados por los estre­chos lími­tes de una vida pautada por la burguesía triunfante, la moral social y la religión, sien­ten, como sentía Emma Bovary, que sólo podía "pasar algo" miste­rioso o interesante en lugares remotos y exóticos. Un espacio abierto donde situar el deseo. Para algunos, la lejana Patagonia dio forma a ese lugar mental. Contribuyeron a crear el topos imaginario escritores como Blaise Cendrars, que nunca estuvo en la Patagonia, quien en Prosa del transiberiano, le da al nombre estatuto poético: Sólo queda la Patagonia, la Patagonia que conviene a mi inmensa tristeza, la Patagonia y un viaje a los mares del Sur. Versión sublimada, legendaria, que la sola mención del nombre convoca.

La palabra “exótico” unida así a nuestro extremo sur, visto desde Francia o Noruega, se asocia de manera natural a otras: viajes, aventuras, paisajes desconocidos. Ejemplo de este mecanismo han sido las playas de la Poli­nesia, que se conocen por la pintura de Gauguin; o las tierras de la India y del Ti­bet, descubiertas en los cuentos de RudyardKipling. En el siglo en que vivimos la palabra exótico se ha vaciado de contenido. No queda rincón del planeta que no pueda ser visitado, inspeccionado y evaluado desde un sillón; no queda animal raro del desierto o pez extraño del océano que no tenga su documental. Pero en el siglo XIX el concepto de lo exótico alcanzó su sentido más alto y su plenitud. El libro de viajes era el género más leído. El espacio familiar, doméstico y seguro en oposición a lugares distantes, ajenos y peligrosos hace una combinación que originó buena parte de los libros que hoy conocemos como clásicos. Los cronistas fueron viajeros del mundo que contaban aventuras para consu­mo de una sociedad que ha entrado en la ro­mán­ti­ca adicción a las historias de viajes. El gusto por lo exótico hunde su raíz perenne en ese deseo insa­tisfecho de vivir otras vidas y de experimentar otros place­res; cum­plía con el oculto, no confe­sado deseo de  vivir aquello que ape­nas se ha osado imagi­nar. La Patagonia, oculta por brumas heladas, gozó de un prestigio exótico que apenas lograba formularse en alguna imagen, tal era el misterio que la rodeaba.

En la vida real, como todo territorio alejado de la regulación de la ley y de las normativas de la escritura, el farsouth, el lejano sur, fue el lugar de la aventura y del exceso. Su ineludible identidad nunca fue pasiva y las empresas que inspiró llevaron siempre la marca de la imaginación desbocada, como si la desmesura y la soledad embriagaran al extranjero, empujándolo a algún tipo de locura: cuando la “fiebre del oro”, el Lavadero de Oro del Sud, de Julius Popper, el ingeniero rumano que proyectó hacer su propio país dentro de la Argentina; OrellieAntoine de Tounens, escribano francés que se autoproclamó rey de la Patagonia; Allen Gardiner, misionero inglés que se lanzó al mar a conquistar “almas perdidas” sin saber nada del Atlántico sur ni de sus habitantes y terminó su vida en los canales fueguinos, perseguido por los yámanas, náufrago en una caverna hasta morir de hambre y de frío. Entre tantos otros. Las desgracias no desanimaban. El relato exagerado, legendario, de los que volvían para contarlo alimentaba los sueños de los que imaginaban empresas. Una de ellas, tal vez la más descabellada y amena, se gestó en su opuesto geográfico: el extremo norte

 

 

 

 

II

Lo exótico y lo erótico

 

 

Un proyecto delirante y curioso, muy fin de siglo, aunque solo virtual o podría decirse conversacional, lo imaginaron y perfeccionaron, en nocturnas y febriles charlas de calabozo dos noruegos: EdvardMunch, el célebre pintor de El grito, y su amigo, el escritor anarquista, nihilista y vanguardista radical, Hans Jaeger. Imaginaron la creación de una colonia eróticamente liberada, de prácticas sexuales emancipadas; un lugar donde hombres y mujeres convivieran de manera despreocupada, donde aquellos que se gustaran y atrajeran mutuamente tuvieran acceso a relaciones sexuales sin ningún tipo de prejuicio ni impedimento moral ni civil ni religioso ni de ninguna otra índole; finalmente, una comunidad donde hombres y mujeres pudieran cambiar de pareja con libertad total. Esta colonia anárquica y hedónica, cuya ley suprema sería la de un comportamiento inéditamente libre en la práctica del sexo iba a ser fundada, ¿dónde?, en la Patagonia. El nombre cayó como una ficha. Fue el lugar que, de inmediato, les pareció el adecuado. Corría 1900, la belle époque. Aunque esta mención alude a la postal parisina, fácil de relacionar con el cabaret, los pintores trasnochados y el champán, no era así en Noruega, donde el protestantismo ofrecía una resistencia férrea a cualquier intento de un cambio social de las costumbres. En particular, el pietismo, una de las formas del protestantismo. En el fin de siglo, Oslo vive el enfrentamiento de la nueva generación con la vieja, esta última pertrechada en la religión como baluarte. El dramaturgo EinrikIbsen había hecho escuchar en toda Europa las voces de las protagonistas de sus obras, mujeres que querían lograr mayores libertades en el ámbito del matrimonio y de la vida social. Munch y Jaeger formaron parte de esa generación, la que provocó una transformación fundamental en el arte e impulsó cambios en el plano de hábitos y costumbres. En este marco se desarrollaban las deliberaciones para el proyecto de fundar una colonia erótico-patagónica. Se llevaban a cabo en un calabozo y tenía mucho de divertimento. Jaeger está preso precisamente por lo que las autoridades noruegas consideraron “ataques a la moral pública” a raíz de la publicación de sus novelas De un bohemio de Cristianía y El amor enfermo. Con permiso especial de visita  -al fin y al cabo Jaeger había sido un taquígrafo famoso del Parlamento noruego y ensayista muy respetado-, Munch lo visita llevando a la reunión de cada noche el alcohol al que los dos son extremadamente aficionados, a fin de “mantener el espíritu alto”. Hans Jaeger es uno de los abanderados de la discusión acerca de lo que empezó a llamarse, en esa sociedad y a fines del XIX, “amor libre”,  y su práctica que comprometían por igual a hombres y a mujeres. Rodeado de amigos y seguidores, Jaeger proclamaba en el café del Grand Hotel, reducto de la llamada “bohemia de Cristianía” (Oslo) que había que poner las leyes de la naturaleza por encima de las leyes sociales y familiares, que el amor libre era un derecho natural del individuo, mientras que el matrimonio era una institución vacía. Estas ideas, expuestas en sus libros, lo habían llevado a la cárcel. Y ahí están estos dos amigos, en conversaciones nocturnas en medio de las cuales se alza, aureolada con su halo de exotismo y permisividad imbatible, la lejana visión de la Patagonia: sus horizontes límpidos (que ninguno de los dos conoce), su libertad sin límites. Luego de la etapa imaginaria, a la que dedican varias reuniones porque el tema lo da, se impone la realidad ingrata de empezar a pensar cómo llevar a cabo este proyecto en tierras tan remotas; cómo hacer para volverla realidad. Cómo conseguir fondos. Lo que se les ocurre abre la escena, la expande y muestra panorámicamente un fin de siglo o principio de otro verdaderamente alocado, esta vez sí de la belle époque porque otros personajes muy de la época entran a escena. La idea se las da la lectura del periódico y está ahí, al alcance de la mano. En París, el magnate petrolero Henry Deutsch de la Meurthe, fanático de la recién nacida aviación, ha instaurado un premio de 100.000 francos, una fortuna, por un vuelo de 30 minutos. La propaganda es atronadora; los progresos de la aviación en ciernes entusiasman a las multitudes. El llamado desde ese momento por la prensa mundial “Premio Deutsch” se dará a quien, partiendo del suburbio parisino de St. Cloud en avión o globo aerostático, rodeara la Torre Eiffel y volviera al punto de partida en no más de 30 minutos. A los dos amigos el desafío les parece, valga la redundancia, caído del cielo. Es la oportunidad; deliberan y sueñan con entrar en la competencia, ganar el premio y lograr así el financiamiento de su colonia erótico-patagónica. Ninguno de los dos había piloteado nunca un globo aerostático o un avión, pero eso les pareció lo de menos. A pesar de su genuino entusiasmo, no triunfaron, sin embargo. El 19 de octubre de 1901, el héroe máximo de la naciente aviación, el brasileño Alberto Santos Dumont logró ganar el premio “Deutsch de la Muerthe”, convirtiéndose en la persona más famosa del mundo de comienzos del Siglo XX. Sin mala intención y sobre todo, sin enterarse nunca, dejó sin efecto uno de los proyectos más originales y peregrinos que se hayan imaginado para el extremo sur del mundo.

 

 

 

 

III

 

El aventurero rumano.

 

Si la Patagonia concitó la presencia de personajes singulares ─tan diversos en su procedencia como en sus intenciones─, sin duda uno de los más singulares y controvertidos fue el rumano Julius Popper. Hombre que reunía, en una personalidad avasallante y autoritaria, un título de ingeniero, una escritura versátil y de estilo, un manejo de idiomas fuera de lo común y un acicalamiento personal llamativo. En su pasado se encontraban los rasgos marcados del aventurero culto, viajero del mundo, muy fin de siglo: había estado en la remodelación de la Habana, había sido vecino de José Martí, en México, había participado en la construcción del puerto de Nueva Orleáns, y era devoto de la poesía de Rimbaud. Todo este pasado se esfuma cuando llega al confín de la Patagonia, a la Tierra del Fuego, y se inventa de nuevo para hacer realidad un sueño de poder y de dinero. La cultura y el dandysmo anacrónicos que conservó en aquellos salvajes bordes del mundo no le impidieron el ejercicio de la inescrupulosidad y la crueldad. Y pudo ser llamado tanto Rey de la Tierra del Fuego como exterminador de indios, esto último con mayor justeza.

Sin embargo, Popper excede el simple rótulo de aventurero, aunque lo era. Como en muchas mentes europeas, la Patagonia inspiró en él el deseo de una empresa desmesurada, y esta fue: fundar un país propio. Al menos por un tiempo, el proyecto pareció hacerse realidad. No obstante el disparate, Popper no estaba solo. Esta aventura sustentada en el descubrimiento de oro en Tierra del Fuego tenía respaldo. Apoyado por hombres poderosos de la Isla y por sus excelentes conexiones con los círculos políticos más influyentes de Buenos Aires, cercanos al presidente Juárez Celman, Popper obtiene el permiso del Ministerio del Interior argentino para realizar una expedición de reconocimiento del interior de la Isla Grande. Se lo autoriza también a llevar hombres armados.

En 1886, desembarcó con su ejército personal en las afueras de Punta Arenas donde arma su campamento. La carpa militar de ejército regular con sus pertrechos, más su guardia personal, vistosamente uniformada a lo húsar despertaron la curiosidad de la variopinta población, que iba a verlos maniobrar como si se tratara de un circo. Pocas semanas después, la “Expedición Popper” llegaba a la Bahía San Sebastián, en el Atlántico, luego de cruzar de oeste a este el ignoto territorio fueguino. En ese lugar, Popper instala el establecimiento de extracción de oro más próspero de la historia de Tierra del Fuego. Fue allí, en “El Páramo”, de ciento setenta y cinco mil hectáreas concesionadas por sus excelentes relaciones con el poder, donde su sueño de crear un país en el que fuera dueño y señor se hizo realidad, al menos por un tiempo: acuñó monedas de oro puro con su nombre, creó sellos postales con su inicial y tuvo su propio territorio con un ejército de hombres uniformados que le obedecía ciegamente. Excéntrico y polémico, Popper no tenía matices y se manejaba en favor de sus intereses con pasmosa habilidad. El “país Popper” fue el resultado lógico de sus maquinaciones político-económicas. Fue un hombre que estuvo en el lugar preciso y en el momento oportuno: ingeniero experto en minas, llegó a un país fundamentalmente ganadero que de minería todavía no sabía nada. La controversia que sembraría, de consecuencias internacionales, se dio cuando emprendió el relevamiento geográfico de las islas Picton, Lenox y Nueva, territorio aún no definido en cuestión de límites con Chile. Popper se inclinaba, sin ocultarlo, por el gobierno argentino.

Al mismo tiempo que explota el oro, Popper comparte intereses con otros sectores del poder local. Una reciente sociedad rural fueguina tiene los mismos objetivos que el ingeniero políglota: no quiere indios en las leguas de sus estancias. De todos modos y sin que nadie se lo pidiera, el ingeniero ya ha hecho uso de su ejército personal para esa tarea. El saldo es la muerte, o mejor dicho, el exterminio de selk’nams (onas). Un álbum de fotografías tomadas durante la llamada “Expedición Popper” fue oportunamente enviado a Juárez Celman. Hay una foto que golpea el ojo: contra el horizonte del páramo fueguino, de matas cortas y ralas, se levanta la figura del ingeniero en ropa militar. Tiene el Winchester en la mano derecha. A sus pies, como si fuera un trofeo, el cadáver de un hombre desnudo, un selk’nam, yace cara al cielo con los brazos abiertos. La mano izquierda sostiene el arco, la derecha, dos flechas. Popper no mira a cámara, mira hacia atrás, hacia el lugar al cual tres de sus mercenarios, rodilla en tierra, apuntan. Sin duda, un campamento indígena.

En contradicción con sus incursiones siniestras, proyectó la creación de “reservas” para los selk’nam. También imaginó una ciudad ─Atlanta─, cerca de la actual Río Grande. Cuando súbitamente murió en Buenos Aires, en 1893, tenía treinta y seis años y planeaba una expedición a la Antártida.

 

 

IV

 

La dura y fantástica realidad del sur

 

 

Lejos de las fantasías que desvelaban a los europeos, artistas o aventureros, lejos de aquella visión utópica que le creó un aura, la Patagonia siguió adelante sin poder desprenderse del halo romántico que la lejanía y el misterio le otorgaban. Miles de kilómetros hacia el sur, la realidad y la naturaleza dictaban sus propias leyes. En ese escenario concreto, la jocosa utopía erótica de Munch y Jaeger, malograda por Santos Dumont, se habría estrellado contra el hecho incontrastable de que en el lejano sur las mujeres eran muy escasas, por no decir un “artículo de lujo”, que muy pocos hombres podían poseer. Más allá de los efímeros encuentros en los desamparados prostíbulos de Punta Arenas y, más tarde, de Comodoro Rivadavia, la presencia femenina era rara. A fines del siglo XIX, el noventa por ciento de la población patagónica es masculina. Aventureros, buscadores de oro, esquiladores, fareros, gendarmes son hombres solos. Aquel que puede conseguir una mujer por compañera puede llamarse dichoso, y las que esporádicamente llegan en algún barco, son solicitadas de inmediato para casarse. Comienzan a ser una realidad visible, lo venían siendo desde hacía mucho, las parejas mestizas de mujeres indígenas con blancos. Sobre todo en Tierra del Fuego. La leyenda -recogida por el escritor chileno Patricio Manns en su novela El corazón a contraluz- cuenta que el mismo Julius Popper, hombre contradictorio, no podía vivir sin su bella amante selk’nam, quien compartía su tienda de campaña en todos los desplazamientos que realizaba por la Isla, instruyéndolo en su lengua y su cultura.

Para esos mismos años, hacia el cambio de siglo, mientras Munch y Jaeger perfeccionaban su fantasía y Popper levantaba su Lavadero de Oro del Sud, el territorio se vuelve pródigo. El estrecho de Magallanes produce enriquecimientos vertiginosos, tan desmesurados como palpables. Las fortunas parecían hacerse de la mañana a la noche y su fama, de asidero real, rodaba, imparable, creando historias cada vez más fabulosas  que, por esa cualidad o perversidad del territorio de atraer con sus cantos de sirena, fluían al mundo desatando las ambiciones más remotas. Se decía que el oro se encontraba en la superficie y que se embolsaba con palas; que el que lograra poner una barraca en Punta Arenas y vendiera cualquier cosa se enriquecía en unos meses; que la tierra se conseguía por nada. La verdad fue que el único pasaje interoceánico existente hizo de la cerril y áspera Punta Arenas, mínima aldea en el borde norte del estrecho, un lugar estrambótico por que el pasaban y a veces se quedaban todo tipo de personajes. Allí, semejantes a espejismos en el desierto, se levantaron, de golpe, palacios franceses en medio de la soledad y el viento. Las familias enriquecidas rivalizaron entre sí en lujo y ostentación: techos de madera artesonada, boiseries talladas, arañas de cristal, jardines de invierno art-nouveau. Los pioneros quieren vivir en aquellos extremos como se vive en Francia. Como muestra de esta incuestionable prosperidad, en 1897 José Menéndez construye en Punta Arenas un teatro de ópera que se inaugura con Lucía de Lammermoor. Es posible imaginar, en alguna taberna del puerto o calle barrosa, a los traficantes de pieles o a algún indio misérrimo, habitante de las afueras de la aldea, viendo pasar, atónitos, un coche de caballos con señoras elegantes rumbo a la ópera.

Este cambio vertiginoso es también una marca de identidad sureña. Las cosas suceden, aparecen y desaparecen como por prestidigitación. Hacia 1910, el bullicio se aquieta y la actividad febril cesa. El espejismo se desvanece, los campamentos quedan abandonados, los hombres se van. El oro ha sido una ilusión. En 1914 el sueño de la riqueza rápida sufre otro duro golpe: la apertura del canal de Panamá quita al Estrecho de Magallanes su protagonismo de cuatro siglos.

Las alambradas perdidas en la inmensidad de los kilómetros son muestra de la única actividad que seguía su infatigable y austero rumbo sin decaer: la cría de ovejas, la esquila de la lana, a la que se llamó en la Patagonia “el oro blanco”. Sobre el territorio cayó esa frontera invisible del aislamiento y la distancia contra la que habían luchado denodadamente pioneros, misioneros y aventureros desde cuarenta años atrás. La realidad cambiaba poco a poco. Una población de peones de estancia, de actividad rural itinerante y vida casi marginal llevó adelante, entre 1918 y 1921, huelgas y levantamientos que tuvieron su centro en Santa Cruz. Poco después, iba a llegar a la Patagonia el petróleo, y con él, dejando atrás las historias de héroes locales anónimos y aventureros varios, la modernidad.