LA TIERRA DEL FUEGO (1998)

 

 

 

Primer Pliego

 

 

 

                                                                                     [Lobos, 1865]

 

 

 

 

 

         Hoy, en medio de esta nada, sucedió un hecho extra­ordi­nario. Tan de tarde en tarde la llanura rompe su mo­notonía in­terminable que cuando el punto vacilante en el hori­zonte creció y fue un jinete, y cuando pudo dedu­cir­se que su di­rec­ción era la de estas pobres casas, ya la im­pa­ciencia nos man­daba esperarlo. Si es que puede llamarse impacien­cia el mirar silen­cioso y obsti­nado clava­do en el hori­zonte. Cierto que era un hecho inu­sual, pero su ver­dade­ra dimen­sión, la dimensión que horas después cobraría para mí, no podía si­quie­ra sospe­charla cuando desde mi casa, apar­tada una legua de las o­tras, lo veía venir, recto, hacia noso­tros. Digo noso­tros pensando en el puña­do de vecinos disper­sos que forma lo que lla­mamos el ca­serío de Lobos. A unas dos­cien­tas varas lo vi cambiar el rumbo hacia el oeste; pude distinguir su per­fil y el pelo moro del caba­llo. Era mediodía. Ya en el alma­cén, me dije­ron, el hom­bre pre­guntó por mí. Le acerca­ron algo de comer y de tomar mientras man­da­ban a bus­car­me.

         Una carta a mi nombre en el correo del Sur que pocas veces, por no decir ninguna, se des­vía hasta aquí. El peon­cito que me mandaro­n agregó, sin bajarse del caballo, lo que le habían dicho que dijera: que sólo en mano me sería entre­ga­da.

         Observé al hombre antes de entrar. Parecía locuaz. Traía noticias de la gue­rra con el Paraguay que ima­giné a medias cier­tas a medias inven­ta­das, relato que los pre­sen­tes asimi­laban sin pro­nun­ciar pala­bra pero llenán­do­le cada tanto el vaso de gine­bra, como una indi­recta señal de que les gus­taba oír. Pronto notaron mi presencia. El hombre se puso de pie y se limpió la boca con el revés de la mano:

         -¿Usted es el mayor inglés?

         Antes de que pudiera contestar, un hombre muy viejo arrinco­nado en el fondo del alma­cén, dijo:

         -No. El Mayor era el padre, el gringo. Éste es el amigo Guevara, nomás.

         El apellido inglés de mi padre -Mallory- había termina­do siendo, en la pronun­ciación co­mún argentina, primero máyori y después, curiosamente, mayor, un grado del ejérci­to, pero no dije nada.

         La gente de aquí es parca y des­cono­ce la curiosi­dad; sin em­bar­go, para mis vecinos ile­tra­dos, la car­ta -todo el gesto del hom­bre, un tanto solemne, de buscar en la alforja y extraer estos papeles ama­rillen­tos, soba­dos y sellados; de mirarme como si debiera cons­ta­tar un vínculo entre mi cara y lo que me daba, o como si por mi misma inex­presividad, su­pon­go, des­con­fiara de que fuera yo el desti­nata­rio-, la entre­ga tuvo algo de mis­te­rioso. Los pre­sentes miraron el pliego lacrado con des­con­fianza analfabeta, como se mira un obje­to capaz de desenca­de­nar aconte­ci­mien­tos imprevi­si­bles.

         Ahora puedo asegurar que la carta, el hombre que apare­ció y desapareció en la llanura y lo que acabo de rela­tar, comienzan, para ellos, a pasar in­sensible­mente al olvi­do. Aquí, en Lobos, la mono­tonía de los días es como un río pode­roso y lento que desgasta los hechos hasta reducirlos a una piedra puli­da, más tarde a un grano de are­na, después a nada. Para mí, sin embargo, se cumplió el designio sospe­chado por mis veci­nos, y la carta operó, en efecto, un cam­bio imprevisi­ble. Como prue­ba de esa mutación señalo un hecho por com­pleto ajeno al orden natural de mis días y que sucede ahora bajo mis ojos, sobre esta mesa: el acto o la determina­ción de es­cribir.

        

        

 

         Cuando el mensajero se marchó y fue tragado nuevamente por la llanura, volví a mi casa al galope, rompí los sellos y los lacres y leí las palabras escritas del otro lado del océano. Leí y volví a leer la carta, una y otra vez. A la tarde, alcé la pipa y el tabaco y dejé la casa. Caminé metiéndome en la llanura donde lo que manda es la comba del cielo, que lo aplasta a uno. Arri­ba el cielo de un azul purí­simo, abajo la llanura como un cír­culo pla­no. Mi perro Ajax es mi único testigo. El viento silba entre los pajo­na­les. Una bandada de bi­guás corta el aire en lo alto. Volví y me ence­rré en la casa. Leí otra vez lo que ahora traduzco: ... sien­do usted un testigo pri­vile­giado y di­recto de los hechos, desea­ríamos que reali­zara una noticia com­pleta de aquel viaje y del pos­te­rior destino del des­dichado indí­gena que participó li­derando la ma­tanza por la que ha sido juzgado en las Is­las.

        

 

 

         La carta generaba en mí una malestar creciente. ¿Cuál era la versión requerida del "desdichado indí­ge­na", de aquel hombre llamado Jemmy Button por los in­gleses pero cuyo verda­de­ro nombre, su nombre yámana, casi nadie supo? ¿El indio de galera y pómulos relu­cien­tes bajo la gale­ra, vestido de levita, especie de co­chero achapa­rrado y grotesco, un But­ton sumiso y sonriente echan­do monedas al aire sobre los mugrien­tos adoqui­nes de Lon­d­res? ¿O el salvaje del Cabo de Hor­nos, desnudo bajo la llovizna helada, con su cuerpo pestilente de grasa de foca, la cren­cha informe y la cara embadurnada de negro? o, por fin, el hombre ave­jen­tado y sere­no que volví a ver trei­nta años des­pués en el banco de los acusados, en el juicio en las Islas, cuyos ojos impávidos en las hundidas cuencas miraron por últi­ma vez a los blancos, a los hom­bres veni­dos del Este. Había sido sí un curioso destino el de Jemmy But­ton desde que el Capitán lo tomara como rehén a cambio de unos boto­nes de nácar, pero no había habido "posterior des­tino" para el "desdi­chado indíge­na".

         Pero sobre todo o antes que nada la carta me plan­teaba otras preguntas. ¿Cómo ha­bían dado con­migo?, y, acep­tando el hecho de que habían sabido cómo encon­trarme, ¿por qué la carta había demorado casi seis meses en lle­gar cuando lo natu­ral hubie­ran sido, a lo sumo, dos? No había sido viola­da; era yo el pri­mero en conocer su con­tenido. Des­car­tada esta posi­bili­dad, ima­giné el itine­ra­rio: Liverpool o Plym­outh, el Cabo Verde, posiblemente las Azo­res, el Bra­sil, el puer­to de Mon­tevi­deo, Bue­nos Aires. En algún punto de la previ­sible ruta había in­ter­ve­nido el azar. El azar y la mono­tonía son las dos cons­tantes del océa­no. El saco de co­rres­pon­dencia habría que­dado olvi­dado debajo de mercaderías de en­trega más urgen­te; o lo ha­brían de­sem­bar­cado en la confusión de algún puer­to intermedio, o lo más pro­bable, lo que defi­nitiva­mente había ocurri­do era otra cosa: la llega­da sin con­tra­tiempos a Bue­nos Aires, única seña ade­más de mi nom­bre con­sig­nada en el papel, donde había quedado olvidada du­rante meses. Era más que posi­ble, muy de estas tie­rras donde la indo­len­cia entra, como los ríos y los árboles, en el orden natu­ra­l de las cosas, que des­pués de seme­jan­te viaje por mar la carta permaneciera durante meses a sólo unas cuantas leguas de su des­ti­natario fina­l.

         En des­cargo de mis com­pa­triotas debo decir que, aun­que la gente del puerto me conoce bien, hace unos pocos años que he vuelto a esta­ble­cerme en el país. A todo esto agrego que con una guerra en la frontera norte por la que el go­bierno mues­tra una adhesión entusias­ta, ¿quién iba a ocuparse de la carta a un des­conocido, a un hombre que ni si­quie­ra está en el frente? Elijo esta ex­pli­ca­ción: demo­rada en el puerto de Buenos Aires, al­guien, azaro­samen­te, recono­ce mi nombre y la pone en el correo del Sur.