Del libro Probables lluvias por la noche(1993)

 

 

SCHYGULLA EN LA MADRUGADA

 

 

                                                                                              A Paula

                                                                                              A Juan

 

 

 

 

 

         La voz, fría y sensual, le produjo un efecto instan­táneo de descarga; un pinchazo que le erizó el pelo de la nuca. Cuando se dio vuelta, la espalda perfecta y desnuda de Bárbara dejaba atrás la atmósfera cargada del living y salía al parque. Lo que se le acababa de ocurrir era absolutamen­te una locura. Saludó distraído a los dueños de casa y, sin dejar de mirarla mientras ella cruzaba entre un enjambre de invitados, fue a la mesa-bar donde alguien le sir­vió un whis­ky. La voz lo había tomado des­prevenido. Sin defensas, su cuerpo había respon­dido por sí solo. Una comple­ta locura. Con dos tragos encima la siguió a través de la enorme puerta de vidrio. Por el césped cru­zaban mozos impecables y gente elegante circu­laba entre los pinos iluminados. Los miró. Ella y Bergés. Eran el centro de un grupo que conversaba al borde de la pileta. Siem­pre le habían dicho Bergés en vez de Julio; hasta ella le decía así, hasta Bárbara. El ma­trimo­nio perfecto. Él, un tipo de los que se han hecho solos, con zonas oscuras; bastante im­pre­sio­nan­te, de todos modos. Ella, una niña bien. Hermosa de una manera inquie­tante. "Y en el otro vérti­ce", pensó, "yo, justo donde estoy parado, a unos diez metros de la pareja brillante". La belleza de Bár­bara actuaba sobre él como las órde­nes de un con­trol remo­to. Había estado muy cerca de ella, años atrás. Una época en la que se dedicó a obser­varla, desci­fran­do lo bien que representa­ba su papel, como si debajo de la brillante super­ficie de la vida de Bárbara existiera otra Bárba­ra: una mujer hermosa y des­valida, a contramano del mundo. Una mujer siempre al borde de confesarle algo. Nadie que los conocie­ra podría dejar de jurar, sin embargo, que ella y Bergés se lle­vaban notablemente bien. En ese momento parecían una de esas parejas tan sofisti­cadas como falsas de corto publi­cita­rio en Tahiti. Pero ella era autén­tica, de la cabeza a los pies. Lo que se le había ocu­rrido, la asociación  que había hecho, era un dispara­te.

         Desde el otro lado de la pileta iluminada, Bárbara lo miró. Enar­có las cejas y alzó la copa en un imperceptible saludo. Dijo algo al oído de Bergés y cami­nó hacia él. El estudiado descuido y la sonrisa irónica eran lo mejor de su estilo. Y ese vestido sin espalda. Diez años de fría pero cercana amistad con los Bergés, a pesar de la belle­za de Bárbara. A pesar de que este vértice del triángulo, como pre­sin­tiendo algún peligro, había elegido distanciarse cada vez más.

         –Qué pasa que me mirás de esa manera.

         –Estás muy hermosa esta noche.

         –Y un poco aburrida. Le dije a Bergés que me iba con vos a dar una vuelta por la fiesta, ¿de acuerdo?

         –De acuerdo –contestó con una sonrisa, acomodándose a la situación.

A los costados de la pileta, algunas pare­jas trataban de acoplarse a una música de carnaval brasileño. Parecían divertirse. Dejaron atrás los re­flectores y se interna­ron en la zona arbola­da del parque. No demasiado le­jos, pensó. No quería adoptar ninguna actitud que pudiera malentenderse. En esos casos solía sentir la mirada de Bergés clavada en su nuca. Necesitaba ale­jarse de la músi­ca caótica, hacer nueva­mente la conexión impo­si­ble que había hecho al entrar en la casa cuando, en la confusión de los salu­dos, a su espalda, escuchó la voz. La misma, idéntica voz que tres meses atrás, por primera vez en el teléfo­no, le había erizado la piel. Fue enton­ces cuando se dio vuelta para encontrar que la voz co­rrespondía a Bárba­ra. En un segundo, el nexo se deshi­zo, pero en su cabeza siguió latiendo una luz roja que le era imposi­ble des­terrar del todo.

         –Parece increíble –dijo Bárbara con una risita.

         –Qué es lo increíble.

         –Encontrarte de golpe, en esta fiesta. Hace semanas que no te vemos. Contame algo de tu viaje –dijo Bárbara, apre­tándole apenas el brazo.

         No, decididamente no era la otra voz. Empezó a tranquilizar­se. La  realidad se ordenaba sin monstruos a la vista. Ninguna mujer convertida en serpiente ni voces en la madrugada, ahogadas por descargas eléctricas inexplicables, que le daban un tono vago de película de terror.

         –Sí, es cierto. Mi viaje.

         –Hace mucho que no voy a Chile. Qué tal Viña.

         –No estuve en Viña del Mar. Fui a Valparaíso. Una ciudad chica, calles que suben y bajan, el puerto abajo, los barcos en hilera.

         Bárbara no pareció notar la deliberada trivialidad de la descripción.     

         –Debe haber sido peligroso para vos ir ahora.

         Él hizo una pausa antes de contestar.      

–Nada que no pudiera arreglarse.

         Bárbara se había detenido y ahora lo miraba de frente.

         –Bergés dice que fuiste a hacer algún contacto político. O un video clandestino.

Era un hábito en ella. Con los ojos muy a­biertos repetía lo que le había dicho su marido en la cama o después de cepillarse los dientes.

         –Está equivocado.

         Ella seguía mirándolo. De golpe, tomando aire, dijo:

         –Hace meses que no hablamos, que no venís por casa –la línea de la boca se le había curvado hacia abajo–. Quiero hablar con vos. –Algo como un ahogo le cortó las palabras.

         Él se quedó en suspenso, esperando. Pero Bárbara ya volvía a caminar, arrastrándolo del brazo. Con esa inconsecuencia que también era parte natural de ella, siguió hablando como si lo de hacía unos segundos no hubiera pasado.

         –Qué genial es tu profesión –parecía que ahora hablaba en serio–. Si hubiera sido hombre, habría sido periodista.

         No, no hablaba en serio.

         –Vos sabés que no tenés necesidad de ser hombre.

         –Por supuesto que sí,  para viajes como los tuyos por supuesto que sí. –Se reía e iniciaba un gesto de protesta que se le congeló en la cara. Se detuvo en seco. –Volva­mos –cuchicheó–, allí, una pareja besándose, ¿los ves?

         Él se quedó rígido. No por la pareja a la que venía viendo desde hacía unos metros, medio sepultada entre los árboles y la oscuridad, sino por el impacto del susurro de Bárbara en su oído,  tan completamente idéntico a la voz del teléfono que ahora no tuvo la más mínima duda. La tomó por los hombros casi sin darse cuenta. Ella lo miró, divertida.

         –Qué pasa. No es que sea puritana… –se rio bajo–. Se besaban y algo más, para qué molestarlos. –Sacudió el espeso pelo ne­gro–. Estás un poco raro esta noche.

         Él se quedó unos segundos mirándola derecho a la cara. Después, tomó aire: 

–Sí, creo que tenés razón. Debe ser la vuelta a la humedad de Buenos Aires, o al teléfono, que llama hasta cualquier hora.

         Indagó el perfil de Bárbara tratando de descubrir algún indi­cio, un rictus, algo. Ella, imperturbable, ya buscaba entre los invitados a Bergés.

         Media hora más tarde, moderadamente harto, dejaba atrás la quinta y San Isidro y aceleraba hacia el centro. Los árboles de Libertador zumbaban oscuros y combados al costado de la ven­tani­lla. Volvió a su cabeza la imagen que se había formado de la mujer  que lo llamaba a lo largo de las noches, siempre alrededor de las cuatro y media de la madrugada. Los llamados y la voz habían ido perfeccionando en su mente una figura desma­ñada y descalza que en algún punto de la ciudad enorme des­cri­bía círculos neuróticos alrededor de un teléfono. Una mujer vista desde lo alto, como si la espiara desde el techo. Cír­culos que la mujer describía estrujándose los brazos, como resis­tiéndose a la fatalidad del llamado, hasta que al fin levantaba el auricular y marcaba su número. Estaba loca o era una adicta. Una mañana, la única vez que llamó de día, en medio de la cruda luz de la cocina, la voz lo clavó desde el contestador automático congelándole el gesto de servirse café. "Puedo, puedo mucho más con este inocente aparato..." y después lo de siempre, y la risa. Y ahora Bárbara llenaba esa cara y describía ese círculo. Era ella. Era esa voz. No podía ser posible.

        

 La forma ondulaba afuera recortada contra un resplandor rojizo. Se agachó en el piso sucio de papeles y latas de cerveza abolladas. Entre los árboles ululaba el viento, pero allí todo estaba inmóvil, petrificado. Se arrastró, jadeando, hasta la otra habitación. Habían crucificado la ventana con unas maderas bur­das. "No hay salida", pensó. Por el pasi­llo avanzaba un estertor ronco. Con terror  apretó las rodillas con­tra el pecho; lejaní­simo sonaba un timbre, una campa­nilla que se sumó al estertor de su propia garganta. La conciencia volvió, veloz, reuniendo las ori­llas del sueño y la vigilia mientras buscaba a ciegas el teléfono en el suelo, al costado de la cama. Levantó el auricular y se estiró hasta al­canzar el botón de la lámpara. Un zumbido de angustia le embotaba la cabeza. Tenía la lengua pegada al paladar.

 –Hola –dijo, y miró el reloj sobre la mesa de luz. La con­firmación diluyó los restos de la pesadilla y dio paso a la fu­ria: eran las cuatro y treinta y cinco  de la madrugada.

–Hola–, repitió, sabiendo que ella se tomaba su tiempo. La rabia le tensó el cuerpo. Tal vez estaba haciendo de payaso; tal vez Bergés se estuviera divirtiendo del otro lado de la línea, era capaz de eso y mucho más. Se había convertido en un chimpancé de feria, de la feria de los Bergés.

         –Te voy a decir algo…

         –No te enojes –dijo ella en un murmullo pegado al auricular–, por favor.

         –Te voy a decir algo: sé quién sos. Ahora, por fin, sé quién sos. Y vos también sabés que yo lo sé. ¿Qué quieren?, ¿qué juego es este? Vas a quedar descubierta... –su lengua se negó a articu­lar el nombre de Bárbara.

         –Tardaste mucho en volver... Necesito hablarte siempre, nece­sito oírte, te necesito a vos –dijo la voz con un tono tan en­fermizo que volatilizó la cara de Bárbara.

         Colgó sin vio­lencia. A los diez segundos se descubrió espe­rando que el teléfo­no sonara otra vez. Estaba entrando en el juego de la psi­cópata insomne número tres mil de la gran ciudad.  La voz de la mujer hacía blanco en su propia zona neuró­tica acti­vándola como un radar. Eso era lo que pasaba y ella lo sabía. Antes de que el primer timbra­zo termina­ra, levan­tó el auri­cular.

         –Te necesito. Necesito que... –la voz pastosa comenzó la retahíla obscena que la mujer enhebraba para contar lo que alguien, sádi­camente, hacía con ella o, a veces, lo que ya no hacía, pero ella deseaba.

         Depositó el auricular sobre la cama y buscó el paquete de cigarrillos; se tomó todo el tiempo para encender uno. ¿Había dicho “volver de Chile”, “tardaste mucho en volver de Chile”? La descarga se había superpuesto justo ahí… ¿o estaba imaginando cosas? Meses atrás, las primeras llamadas le habían parecido divertidas y hasta estimulantes. Lo suficiente como para no desco­nectar el teléfono antes de irse a la cama. Hasta que cayó en cuenta de que el viaje a Chile le había dado el alivio de una tregua y que en realidad no sabía qué hacer con los llama­dos de la mujer (en una zona profun­da, su conciencia decía Bárbara, ­pero una barrera le impe­día pro­nunciar ese nombre). Había algo todavía más in­descrip­tible­mente insensato. Como si ella (¿Bárba­ra?) le hubie­ra ido conta­giando su miedo, porque era miedo lo que destilaba la línea, a lo largo de esas semanas de llamados a las cuatro y media de la madrugada, trasmitiéndole una certeza: de­trás de la obscenidad sonaba otra historia, la que él presentía como real, como si la mujer (¿Bárbara?, ¿la voz había dicho “volver de Chile”?) estuviera ate­rrorizada y no pudiera, ni en ese solitario acto del teléfono, desprenderse del pánico, alzando una pantalla de palabras para pasarle un mensaje, una his­toria de amenazas y castigos que lo había contagiado como la lepra. Imagi­nó que las cosas se habían precipitado en su ausencia. Sin el auxilio o la diversión de esa terapia de madrugada, ella (Bárba­ra) se había desbarranca­do. Tomó otra vez el auricular.

         –Va a matarme, ahora sé que va a matarme –gemía la voz de Bárbara (pero era una locura) con algo tan maníaco que su hermosa cara acoplada a la mujer que giraba en una sórdida sala de hospicio se hizo intolerable–. No sabés cómo es. Nadie lo sabe, necesito que me salves. Va a matarme.

         –¿Quién sos? –la interrumpió gritando–. Vos necesitás ayu­da, pero de verdad. Y si es Bergés al que le tenés miedo, por qué no me lo contás a las dos de la tarde en un bar.

         Pero ella ya no lo oía, perdida en su delirio privado. Colgó y desconectó el teléfono.

 

                                                        *

        

 

Cuando una semana después le avisaron de la muerte de Bárbara –suicidio dijeron–, de la tragedia de esa pareja perfecta, no sin­tió nada. Sólo podía volver, una y otra vez, a la imagen de Bárbara junto a la pileta, la noche de la fiesta, levantando hacia él la copa con aquella sonri­sa que ahora le parecía de una tristeza mortal. Volvía al gesto con el que había acompañado las palabras: “Quiero hablar con vos.”, que ahora cobraba todo su sentido. Y él no había hecho nada. Permaneció inmó­vil junto a la ventana, la frente pegada al vidrio. Desde un piso doce la ciudad se veía exactamente como era: un cuadriculado anónimo en el que la gente se arrastraba igual que ratas en un laberinto, cada cual detrás de su premio, de su pedazo de algo. Pocos buscaban la salida. Del laberinto sólo se sale por arriba, recordó sin saber de dónde lo recordaba. Se desprendió de la ventana y encendió la video. Las piernas obsesionantes de HannaSchygulla habían estado allí, esperándolo, desde la noche ante­rior, describiendo círculos en una bicicleta, la cabeza ferozmen­te rapada. Repitió una y otra vez la escena. La belleza de Schy­gulla era dolorosa, insoporta­ble. Apagó y salió.

         Horas más tarde y después de cuatro whiskys, sollozó semi­oculto por la oscuridad del último box de un bar cercano al velatorio de Bárbara. Alrededor de medianoche, bastante borracho pero sereno, se atrevió a entrar. Observó sin tregua a Bergés. Ausente, su cara se veía arrasada por el dolor. Se había transformado hasta parecer otro, un hombre definitivamente hundido. Y sin embargo era el mismo que había arrastrado a su mujer a la locura y a la muerte. Solo en un  rincón, se preguntó cuántos de los que estaban ahí reunidos, además  de él, conocían el secreto de la pareja perfecta. Sintió náuseas y una lúcida necesidad de matarlo, de apretarle el cuello hasta sentir el crujido de las vértebras entre los dedos.

         Como en una espiral, se fueron enlazando el café de la ma­drugada y las suposiciones macabras. Miró, a so­las, esa última belleza de Bárbara, casi sobrenatural, y compren­dió de golpe lo enamorado que había estado siempre de  ella, lo mucho que había detestado siempre a Bergés. Comprendió que su alejamiento había obedecido al oscuro temor de desencadenar una tragedia parecida, algún peligro para ella que, al fin, había terminado por cumplir­se.

         Caminó por la ciudad desierta siguiendo los diarios que rodaban en las bocacalles como pájaros muertos. ¿Por qué se había limitado a escuchar? ¿Por qué la noche de la fiesta no le había dicho a Bárbara que lo sabía todo, que no eran necesarias más llamadas encubiertas?  Se dejó ir por Libertador hasta Callao. Un golpe de viento sopló hacia el bajo y le despejó por un momento la cabe­za. Cuando abrió la puerta del departamento recordó, de golpe, el casette del contestador automático. No lo había borrado. Podría ser una prueba; no sabía bien de qué, pensaba, mientras revolvía  los cajones del escritorio y los estantes, desparraman­do papeles y libros por el suelo. Estaba demasiado borracho. No sabía ni podía imaginar en ese momento de qué modo lo podía usar; lo único que sabía era que Bergés iba a pagar por lo que había hecho. Finalmente, exhausto, se tiró en el sillón. Se quedó en blanco. Con un último esfuerzo, extendió la mano  hasta  alcan­zar la botella y en el mismo movimiento, encendió la video. Las imágenes le saltaron a la cara como zarpa­zos en la oscuridad. Schygulla girando, la cabeza rapa­da, de hospicio. Al final de uno de los gi­ros, se insinuó algo en su cere­bro embota­do, algo que lo quemó como una luz candente. Respiró hondo, la sangre le bom­beó frenética en los parieta­les. La mujer que lo llamaba no era Bárbara. Nunca había sido ella. Miró el teléfono silencioso. ¿O sí? La voz era idéntica. No podía no ser Bárbara. Miró el reloj sobre el escri­to­rio. "Va a sonar, ahora va a sonar", pensó con páni­co.  En la luz cambiante que mandaba la pantalla, no pudo saber si eran las cuatro o las cinco de la madrugada.