LA ORFANDAD(2010)

 

 

Uno

 

 

 

 

Viajaba junto a la ventanilla abierta, esposado. Ráfagas de cardales color púrpura corrían junto al terraplén; al fondo, el horizonte se movía en una lenta curva hacia adelante. El aire caliente le daba en la cara y él entrecerraba los ojos sin poder apartarlos de los matorrales de pastos altos y amarillos, de las manchas oscuras de los montes, lejos. Bajo el sol de diciembre, el campo, que nunca antes había visto, le provocaba asombro; el estupor de que en esa inmensidad su padre no hubiera logrado, después de años de espera, una parcela.También era cierto que el viejo había sido siempre orgulloso y terco. Su padre, campesino, alentado por las promesas de los folletos oficiales repartidos en la Liguria, había terminado en una curtiembre y, años después, enfermo, en una casa de Barracas saturada del humo del brasero que su madre mantenía encendido. Recordó la puerta abierta y en el marco el oficial de justicia mostrando el despido. Sin saber cómo, a los catorce años, se encontró embistiéndolo a ciegas; su madre lo sujetó como pudo, mientras el otro gritaba en la calle: “A ver si les aplico la ley de residencia, gringos anarquistas”, y levantaba el sombrero del barro. Algo encerrado en su interior, algo escondido que traía en la sangre había estallado aquel día, tan temprano en su vida; una fuerza oculta y quizás, pensaba ahora, malsana. Tenía razón don Miguel: la ira minaba todo lo que hacía. Acciones que creyó justas, como su casamiento con Antonella, habían sido proyecciones de su orgullo, de su rebelión, tal vez de su resentimiento. El día de su condena se había prometido cambiar. No sabía bien cómo, pero Bautista Pissano se regía por propósitos. El primer paso sería contemplar el campo sin rencor. Aflojó la mandíbula. Sus ojos chocaron con la mirada de uno de los custodios, fija en su cara. Por la ventanilla entró de golpe un enjambre de flores ingrávidas y blancas que giraron enloquecidas sobre sus cabezas. Una vino a posarse sobre la gorra entre sus manos y la fuga de imágenes se cortó, devolviéndolo del todo al vagón de tercera. Iba rumbo a su condena en una cárcel de la que nunca había oído hablar, en San Alfonso, un pueblo desconocido. “Para quince minutos a cargar agua y sigue”, le comentaba el guarda a uno de los custodios, el mismo que lo había estado mirando y que un momento después le ofreció un cigarrillo; un hombre flaco, de cara larga y huesuda, oscurecida por la barba. Los dos oficiales venían de civil. Pissano aceptó y fumó apoyando los codos sobre las rodillas. El otro hombre, de cara colorada y cuerpo macizo, sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se secó el sudor del cuello. Cuando apagó el cigarrillo, Bautista volvió a su postura anterior. Con la gorra entre las manos, hubiera costado darse cuenta de que viajaba esposado. Pero si había algo que el viajero no pretendía ocultar era su condición de preso.

         El campo se hizo arboledas, cercos y casas dispersas. El tren frenó un trecho largo, entre el estruendo de hierros y explosiones que resonó vibrante en el aire lleno de humo. Un resplandor agudo se alzaba de los rieles y hería los ojos. En la puerta del vagón, con el atado de ropa bajo el brazo, Bautista leyó en letras blancas sobre fondo negro: San Alfonso. La estación era grande, en el estilo de los ingleses; las paredes mostraban avisos de propaganda: Compre usted en la mejor casa de Buenos Aire: A. Cabezas. Largos bancos de madera contra la pared. Hierro Quina Bisleri. Puertas de postigos verdes daban al hall central y sala de espera. A Pissano le gustaron el andén y la estación, tan amplios, pensados para el desplazamiento fácil de gente y equipajes. El custodio flaco fue a averiguar los horarios de regreso; él y el otro oficial, esperaron. Unas señoritas se dijeron algo al oído. La poca gente que había advirtió su situación. Dos años más tarde, Bautista leería en El Imparcial, el periódico local, la escena de su llegada al pueblo y la versión a la que había quedado reducida su historia. Pero en aquel diciembre de 1926, bajo el sol de las cinco de la tarde que aplastaba las sombras contra la tierra dura, levantó la cabeza y se dispuso a enfrentar esa nueva etapa de su vida.

         Salieron a la entrada de la estación, que daba a una placita triangular. Pissano vio un  paisano a caballo, un coche de plaza con la capota subida y dos sulkys atados al palenque. A un costado, un Ford A negro, cubierto de polvo, los estaba esperando. Fue la primera vez que Bautista vio a la Garza Guzmán, el guardia cárcel; su cara sumida y ratonil se le volvería tan familiar en los años siguientes como los horarios de las comidas y la puerta de su propia celda. Traía una carabina y estaba de uniforme, lo mismo que el chofer. En ese momento, con un estampido el tren se puso en marcha y fue como si exhalara una ola de pánico: el caballo del paisano costaleó hacia la zanja, y blanquearon los ojos de los caballos atados al palenque, que arrastraron los sulkys sobre la grava. Más allá, el hombre sujetó las riendas con mano segura y el desorden se apagó. En la quietud restablecida, los hombres volvieron a moverse. Un pueblo de campo, pensó Pissano mientras subía en la parte trasera del auto y se sentaba junto a los dos custodios de la capital, hombro contra hombro. El interior de cuero caliente olía a nafta, a sudor y a polvo. Bautista aferró con las dos manos la correa que colgaba junto a la ventanilla. Los custodios se quitaron los sombreros. El de cara colorada volvió a secarse el sudor.

         ─Qué calor pesado, ¿irá a llover?

         ─No, qué va a llover ─contestó la Garza con una sonrisa ladeada─, acá aprieta el verano. Seguro que en Buenos Aires no hace un calor así.

         Se dio vuelta. Los ojos astutos miraron al preso.

         ─Vas a tener que acostumbrarte, Pissano.

         Nadie dijo más nada. Dejaron atrás la estación con su deslucida placita y enfilaron por una calle que se internaba en el pueblo y que parecía su eje principal. Pocas cuadras más adelante, Pissano tomaba nota de la plaza central, con su municipalidad y su iglesia y de los plátanos de las calles cuando la orilla de una multitud les entorpeció el paso. El auto fue aminorando la marcha y el chofer esperó a que la gente se apartara, pero al fin tuvo que detenerse. Entre murmullos, el cortejo fúnebre se desplazaba incorporando gente de las veredas. Unos pocos prestaron atención al coche y a sus pasajeros; la mayoría estiraba el cuello intentando ver lo más solemne del cortejo, un centro donde, antes de que desapareciera tragado por los cuerpos que se movían, Pissano alcanzó a ver el féretro de madera pulida y manijas plateadas sobre una cureña. Lo empujaban hombres de levita. Detrás del féretro se veían la cabeza calva de un sacerdote, el sombrero negro con plumas de una mujer gorda y las tocas blancas de las monjas; las seguía un grupo compacto de hombres con el sombrero en la mano. Cerrando el cortejo avanzaban filas ordenadas de niñas y jóvenes con guardapolvos grises y moños de luto en la cabeza rodeadas por un heterogéneo grupo de chicos y de gente del pueblo. Una oleada de rezos y perfume rancio de flores agostadas por el calor inundó el auto y alcanzó a los cinco hombres del Ford. El chofer y la Garza se habían quitado respetuosamente las gorras. Pissano miró pasar los guardapolvos grises y las cabezas con moños negros flotando en la reverberación del sol. Le pareció una demostración apropiada a las circunstancias, algo bien armado. Era reconfortante ver en medio de esa luz cegadora, la ceremonia del luto, el negro en trajes, hábitos, moños y medias.

         ─La hermana directora del Asilo de huérfanas ─había informado la Garza, orgulloso de que el pueblo mostrara, así, espontáneamente, a los porteños que sin duda disimulaban su desdén, un espectáculo tan importante─. Murió ayer. ─Esperó un momento y agregó: ─Una personalidad.

         Giró la cara y clavó los ojos en el hombre esposado. Pissano advirtió una chispa astuta bajo la visera. Como si se le hubiera ocurrido algo notable, dijo:

         ─No es muy buen augurio, ¿no, Pissano?

         Ninguno de los hombres dijo nada. Pero él, ni siquiera pareció oírlo. Bautista Cristóbal Pissano no creía en augurios.

   

─San Alfonso… ─le dijo Bautista veinte años después, cuando su condena estaba cumplida y olvidada y había decidido vivir allí, cuando ya la había elegido a ella, a Sonia, su mujer, y permanecían sentados en la galería, conversando toda esa larga tarde y noche de su primer día juntos en la casa, contándose los recodos de su historia, tratándose de usted, como desde el principio lo habían hecho─. Nunca había oído nombrar a este pueblo. ─El sol daba de lleno sobre las plantas del jardín y armaba un juego de luz y de sombra en la galería a través del enrejado de madera, el enrejado construido por él, por Bautista. ─Quiere decir ─volvió a hablar después de un largo silencio—… que fue esa tarde la primera vez que la vi, claro que sin saberlo; después la vi una mañana, caminando por la vereda, sola, tan…─se interrumpió─, pero la primera vez fue la del cortejo, usted era una de las chiquilinas.

Junto a él, a menor distancia que un brazo extendido, Sonia se recostó en el respaldo del otro sillón de mimbre.

─Aquel verano de tanto calor. Usted me dijo que el auto tuvo que pararse por el cortejo… fue en diciembre de 1926,  me faltaba poco para cumplir doce años─ sonrió levemente─ .Y a usted, para los veinticuatro.

         ─Nunca creí en augurios ─dijo Bautista de un modo íntimo, como si no hablara ya con ella sino con la pipa, a la que había empezado a cargar con gestos pausados. ─Ni buenos, ni malos.