ALTERACION Y PRESENCIA
 
Acerca de Encuentro con Munch, de Sylvia Iparraguirre
Por Román Ganuza
romanganuza@gmail.com
Columnista de "COMUNIDAD IPS" (La Plata)
 
 
"Una cualidad de énfasis y distorsión expresivos", John Willet nos quiere ayudar a comprender qué significa "pintura expresionista". Correcto, pero muy técnico. Pierre Courthion prefiere jugar, es más elástico y podría acercarnos mejor: habla de ventanas preferenciales, algunas que se abren más que otras. El artista toma un rasgo y lo exalta, lo hace prevalecer (Modigliani), rompe calculadamente el equilibrio que supone una fidelidad "visual" a lo observado. Con esa decisión, a través de esa arbitrariedad, estaría expresando, casi "gritando" algo. Se dijo en defensa de Edvard Munch (1863-1944) - cuando los trabajos de su primera muestra promovieron risas entre la concurrencia- que él sabía ver lo esencial. Había llegado la hora de pintar lo que ocurre en el que pinta, no menos que lo que ocurre fuera de él. Dentro de ese lanzamiento implosivo, Munch ha privilegiado ciertas vistas inquietantes, ha plasmado la incómoda presencia. Algunos de sus paisajes se alimentan de difíciles entradas de luz, como unos ojos de la noche. Y muchos de sus personajes parecen sugerir un vacío justamente en la mirada, el lugar menos físico del cuerpo. Allí sus figuras se deshumanizan, informan un plano violentamente transversal a lo sanguíneo. La universal amenaza mordía el alma de Munch con especial furor. Sombras de la enfermedad que le arrancaría de la vida a sus seres más queridos. En "Claro de luna", por ejemplo, vemos al verde de los arboles perdiendo su vigor. Se anuncia el predomino de la oscuridad, metáfora visual muy propia del autor noruego. Su obra despliega cierta angustia del color. El circulo de Dresde (1906), en torno al cual explotaron artísticamente Ludwig Kirchner, Karl Rotluff, y el propio Munch, le incorpora a la historia del arte una nueva crudeza, la confesión de un terror que, nacido en la escala personal, prefigura los años que le esperan a todo un continente.
 

Munch: paseo Karl Johann
 
Sylvia Iparraguirre ha encarado un singular desafío como escritora: con motivo de su viaje a Noruega producto de una invitación para ser madrina de un barco, toma la decisión de sublimar esa interrupción, imprevista y curiosa, de su actividad habitual. Construye con el viaje un pretexto para provocar un profundo encuentro y sumergirse en aquella atmósfera que ya le había sido sugerida por imágenes retenidas desde la juventud. El texto asume el más difícil de los caminos cuando renuncia a fáciles atajos ficcionales o a la biografía novelada, fórmula rendidora en materia de erupciones emotivas. Ella prefiere apostar a la excelencia de su prosa y a la lucidez de sus distinciones para que el influjo de Munch, desde un ángulo lateral o correlativo al viaje, se vaya volcando espiritualmente hacia la narradora y, en el mejor de los casos, hacia el lector. Difícil, pero no imposible. Sobre todo cuando una percepción sinceramente dispuesta obtiene la intimidad de los climas, lugares, y estados emocionales que animaron la mano valiente de aquel creador vertiginoso, sensual y tantas veces, oscuro. Así, Encuentro con Munch deviene el título necesario del libro porque es también el objetivo estético y filosófico de esta excursión narrativa.

El ordenado y sustancioso tránsito hacia el pintor se consolida a través de párrafos muy trabajados que sin embargo no resignan un ápice de frescura. Ese equilibrio es realmente notable y se sostiene de principio a fin. Como lo quería el canon clásico, este libro también enseña e ilustra. Sus vetas informativas revelan un doble comando a cargo alternativamente de la escritora y de la profesora Iparraguirre. Entre ambas seleccionan los rasgos justos y los diálogos pertinentes para que la introducción a Munch -tácticamente inevitable- no traicione el marco de lo que se busca. Quedamos involucrados porque Sylvia no traslada algo que ya sabe. Hurga junto a nosotros, y es el texto el que le va indicando por donde seguir. Su experiencia tiene como soporte las ricas descripciones de un breve paso turístico poblado de vicisitudes caprichosas y fugaces. Ahí se luce, potenciado por la sobriedad, el inteligente sarcasmo de Iparraguirre. Algunas de sus observaciones son desopilantes. Pero la gran bisagra del libro, la apertura donde se asoma Munch, nace en la cima de esta libertad solitaria. Ella parece referirse a este estado en una entrevista donde evoca su juvenil llegada a Buenos Aires procedente de Junín: "El anonimato y la soledad eran como una extraña droga, de efecto fuerte y contradictorio" Tal vez en ese manantial abrevara la pasión literaria. Ese ánimo fuertemente perceptivo se actualiza en el testimonio de su viaje indagador. Sylvia consigue verse como lejana en el más amplio sentido de la palabra: "Ha terminado mi reconversión y soy un puro exterior: una mujer sin pensamientos, ni memoria ni recuerdos. Soy nadie y nadie sabe quién soy. Solo mi pasaporte podría dar alguna pista y creo recordar, no estoy segura, que lo dejé en el hotel. El anonimato, como si abriera las puertas de la completa libertad, me arrebata en la sensación de ser enteramente irresponsable. He perdido peso y camino de una manera dispersa, como una pluma viviente". Pero es noche y lejos. La silenciosa habitación en Oslo, Noruega, junto a lánguidas presunciones de un mar y de una helada avenida, recibe también la vigencia de puntuales agonías. Es el tiempo vulnerable, fase necesaria para el artista genuino. Allí se consolida esa fluidez que puede conducir hacia todo tiempo y lugar.

De manera creciente y armoniosa, la narración de Iparraguirre nos instala con éxito en un doble clima de Noruega. Respiramos la ordenada cadencia de ese paisaje agrisado y la recurrente gelidez de una latitud donde el sol se entromete con laboriosa frecuencia. Pero también nos alcanza la otra gelidez, la que acecha y ensombrece los colores de Munch. La autora logra este enlace reconociendo y asimilando a la extrañeza como ese espacio misterioso, autónomo y libertario, que facilita la palpitante presencia del pintor nórdico, de su gesto y de su indeleble grito. Y en otro inteligente giro de destreza literaria, el texto también desata un progresivo grito propio que parece invertir al de Munch. Lo que resuena en él es la sed de la narradora de rehacerse en la familiaridad geográfica y afectiva. Recuperarse de lo inmenso robándose algo para llevar en la maleta. Una porción vagamente maldita para mimar ya en la sucesión de los días tutelados, a salvo de esos extremos tan conocidos y retratados por el bravo pintor. De aquel exceso de la vida y de su contraparte, la autora sustrae también una psicológica referencia para su propio oficio. Un testimonio sutil en el cual, el impulso adquirido por la gravitación estética de lo otro, o sea, la narración misma, se abroquela finalmente en el punto donde contrastan francamente la escritura y la plástica. Porque aquella tiende a controlar los riesgos en la que esta se embarca resueltamente. La literatura inteligente sabe sospechar de sí misma. El encuentro con Munch que nos procura Iparraguirre contiene el inventario de algunas deudas del lenguaje, en tanto círculo expansivo que no consigue alcanzar ese umbral donde el color y la forma ya han ejercido su propia revelación de mundos, más económica e intensa. El libro de Sylvia nos deja percibir entre líneas el ahogo de la imposible equivalencia representativa. Sabia y estratégicamente, el relato se extrapola con su propio objeto y nos ofrece subsidiariamente un plano de la escritura enfocado desde poderes ajenos. Y como tales relaciones no podrían ser pintadas, el triunfo final de la narradora sobre su propio desafío, viene a apoyarse justamente en la prudencia con que ha gobernado las preciosas herramientas de su arte. Una exquisita arquitectura formal que sabe horadar, pero a la vez describe una parábola para convertirse en coto de la confianza. Ser escritor es tener tiempo para coquetear con la inconsistencia y combustible para retornar. Si la escritura de Iparraguirre tiene el suficiente sigilo para honrar a la importancia de lo que persigue, también exhibe una velada tenacidad. Su libro es la cuidada resultante de una experiencia subjetiva valiente. Por eso deviene profunda. Lo comprobamos con su lectura, al cabo de la cual, todas las resonancias de Edvard Munch prometen involucrarnos para siempre. En la misma entrevista, nuestra talentosa escritora dejó también una bella frase que remite a ella misma de una manera inextricable: "Tal vez perseverando logres decir algo del mundo que valga la pena que otro lea".